La Hermandad de Paco, El Poeta.
A Paco Urondo
-Quieres saber con quién estuve anoche?-, dijo el Negro Sabino mientras buscaba una silla y se acomodaba en un rincón de la Mesa Redonda.
-No, no quiero saberlo, no me interesa-, le contestó Paco El Poeta, sin siquiera mirarlo al Negro Sabino.
-Bueno, pasemos a otro tema...-, dijo el Negro mientras se guardaba un papel prolijamente doblado en el bolsillo izquierdo de su pantalón.
Paco, el Poeta, el sensible temperamental fogonero de la Hermandad de Titiriteros “La Intemperie”, era un hombre que poseía una sensibilidad especial para los detalles y detectó al vuelo el movimiento intrigante del Negro Sabino en el momento preciso cuando guardó el papel en su pantalón. Eran épocas donde todos sospechaban de todos y cualquier gesto o movimiento fuera de lo natural causaba tensión.
La Hermandad estaba atravesando un momento de gran zozobra y preocupación debido a la violación de su sede de la Calle Constitución en el barrio de Boedo debajo de la Autopista, una casa abandonada oculta por una vegetación crecida y desprolija donde los vecinos del barrio a veces arrojaban la basura. Los intrusores no habían roto ni quemado nada, pero se habían llevado tres marionetas que los Hermanos Titiriteros valoraban mucho. La del Gordo Porcel, la de Patota Potente, ídolo de Boca hace unas décadas y la de Nicolino Locche, el Intocable.
Nicolino había dejado un testimonio desgarrador escrito con un marcador rojo en una pared un instante antes de ser sustraído.
La marioneta que soy tiene los hilos rotos…
Estaba escrito con letra nerviosa y urgente en la pared.
Este suceso dramático había conmovido a La Hermandad y se había convocado a esta reunión de urgencia. La desaparición de las marionetas fue interpretado por los Titiriteros como un mensaje cifrado cargado de violencia de parte de algunos inquietantes desconocidos. O no. Tal vez solo se trataba de algunos vagabundos que ocasionalmente encontraron tres muñecos y les gustó y se los llevaron.
-De qué otro tema querés que hablemos…-, dijo el el Negro Sabino con inocultable fastidio. -¿De si es mejor programa La Familia Falcón o Cosa Juzgada...-, para provocar El Negro Sabino. -¿Si el más grande es Palito o Juan Ramón…?- continuó diciendo. -Para mí el más grande, allá arriba en el altar de los dioses, lo tengo a Leo Dan y no se habla más…-, dijo el Negro Sabino mirándolo fijo a los ojos a Paco El Poeta.
-Leo Dan tiene escrita una sola única miserable melodía y la usa para todas las canciones pedorras que “compuso”-, dijo Paco, el Poeta, en tono burlón, desatando las carcajadas de los presentes y la ira simultánea del Negro Sabino que saltó como resorte y lo desafío al Poeta a boxear y de a poco comenzó a avanzarlo arrojándole trompadas al aire mientras lo puteaba al Jefe Paco en cuatro idiomas.
-No nos enfrentemos por boludeces entre nosotros. Ellos lo que quieren es dividirnos-, dijo Envar, El Libanés, un titiritero muy reconocida por sus colegas por sus concurridas performances como freestyler en el muy cool anfiteatro circular del paquete Parque Rivadavia, en Caballito, enfrente del tradicional superaristocrático pero muy timbero de madrugada Club Italiano.
A todo esto, El aguerrido musculoso Negro Sabino ya había tumbado a golpes al Poeta Paco y no paraba de golpearlo en el piso.
-Dame ese papel que te guardaste en el bolsillo, puto cagón, o te reviento a golpes ahora mismo!!!-, gritaba fuera de sí El Poeta Paco, a pesar de que estaba recibiendo una paliza histórica delante de todo el Consejo Directivo de la Hermandad .
-“Hablemos de otro tema, hablemos de otro tema…”. Sos un boludo. No era que no querías saber lo que decía el papel en mi bolsillo, Paquito, ja ja, sos un tarado de anaquel!-, gritaba exultante el eufórico Negro Sabino mientras esquivaba algunos desesperados manotazos defensivos del Paquito, buen poeta pero pésimo boxeador.
-Paren la mano, pelotudos. Pensemos, seamos inteligentes, no caigamos en la trampa del miedo y las supuestas amenazas. Por lo menos averigüemos bien qué pasó y después evaluemos los pasos a seguir-, dijo El Libanés en tono conciliador.
Se hizo un silencio, todos los titiriteros que intentaban separar al Negro y al Paquito se corrieron para atrás y los dos belicosos pugilísticos titiriteros se levantaron como pudieron mientras los demás alzaron las sillas y las cosas caídas al piso durante la trifulca y ordenaban un poco el lugar. El siguiente paso fue sentarse alrededor de la Mesa Redonda y ver cómo seguía la reunión.
-Lee lo que dice el papel Negro…-, sugirió Envar .
Se hizo un silencio que duró una eternidad. El Negro fue abriendo lentamente el papelito cuidadosamente doblado en múltiples pliegues y haciéndose el misterioso, leyó lo que sigue.
-Íbamos a hacer un asado en Puerto Madero y necesitábamos leña…-.
El mensaje iba acompañado de una foto en blanco y negro de Nicolino ardiendo bajo las llamas.
