jueves, 20 de febrero de 2025

El fin del mundo / Ricardo Beyer.

 












El fin del mundo.

A René Salamanca


El hombre aquel vivía en un lugar llamado “el fin del mundo”. Así anunciaba un cartel en la playa. Era un nombre poco habitual para nominar un paraje desolado en la áspera ventosa solitaria playa patagónica. Pero siempre hay una(varias) explicación(es) para todo. La pregunta primera que cualquier observador curioso probablemente se plantearía, entre otras opciones posibles por supuesto, sería ésta : ¿qué significa la expresión “el fin del mundo”, dónde queda realmente “el fin del mundo”, cómo es “el fin del mundo”, quién determina qué es “el fin del mundo”?

La expresión “fin del mundo” no necesariamente denota un lugar horrible e insoportable, esa naturalizada reduccionista visión viene de una simplificada imagen bíblica que tiene más que ver con el infierno y el apocalipsis, esas fábulas con moralejas moralistas que nutren el imaginario de la Iglesia. En este caso puntual, para mí, “el fin del mundo” sería un cierre, un final de una misma secuencia. Como un fósforo que cuando lo encendemos quema y lastima, pero al cabo de unos segundos la llama languidece hasta apagarse del todo y ya no abrasa más. El lenguaje es así, una misma palabra significa muchas cosas distintas a la vez, todo depende qué otra palabra va unida a esa primera palabra. El texto es el contexto. El significante y el significado. Como esos melancólicos sonidos que en la radio de Tití alteran el silencio tanguero y pasan al frenesí rockero con un breve separador previamente grabado y al final del programa se lee la temperatura y los avisadores que sponsorearon aflojan un poco y a otra cosa, el tiempo finaliza y cambia el programa, chocolate y jabón en polvo.

Los humanos somos una discoteca que camina por la calle, personas grises que saludan a todo el mundo y que usan diferentes máscaras según la ocasión y el escenario, con el conformista propósito de ser un sencillo hombre más desapercibido, sociable y adaptado a las normas y las aburridas previsibles establecidas convenciones sociales que han sido adoptadas y aceptadas por casi todas las personas “normales”. Salvo este hombre inadaptado que quedó fuera del juego. Según Tití… Tití es el apodo que el señor René Salamanca usaba cuando hablaba consigo mismo. Salamanca no es un tipo normal.

Este hombre de la historia que estoy narrando vivía en una playa desierta y desolada en la costa patagónica, atravesada por insoportables vientos constantes e interminables, que levantaban nubes de arena y remolinos a la vez y que convertían en intolerable e insoportable siquiera pensar, por ejemplo, en un paseo por la playa a orillas del mar. Menos aún descalzos…

-Frío, viento y lluvia, la mezcla perfecta para un final, un ocaso a toda orquesta-, le decía Tití a Salamanca.

Como huyendo del mundo el hombre en cuestión había construido en ese paraje exóticamente desolado y salvaje un bar al paso que tenía en el techo un cartel que decía “Monte Chingolo”. Esperando clientes, no. Nunca nadie abrió la pesada puerta de madera para entrar al bar. Era más bien un escondite… De la vida. Y de la muerte. Y de sí mismo.

Horas, días, semanas, años, pasaba el hombre detrás de la barra, mirando tranquilo, pero atento, a través del amplio ventanal que daba a la playa desierta, que vinieran por él… Así de simple. Así es el destino de los inadaptados. Sabía que iban a venir. Estaba seguro. Se lo dijo una vez, Tití. Tití lo había visto en un sueño que ellos venían avanzando lentamente por la playa con los ojos bien abiertos como tigres en la lluvia, como dice la canción de Spinetta. Tití escucha mucho a Spinetta. Salamanca no, le gusta el cuarteto cordobés.

Y así pasaban los días y las semanas y los meses y los años en ese lugar desolado hasta que un día bajó del cielo un helicóptero. Un señor con anteojos amarillos, de baja estatura, pero obeso y con una llamativa papada y cuya melena se la despeinaba el viento patagónico que silbaba con violencia en la playa, descendió del helicóptero y se dirigió con dificultad (el viento intenso frenaba su paso) hacia la entrada del café Monte Chingolo.

-Buenas tardes caballero, puede ser un café con leche bien caliente, está insoportable el frío y el viento de la playa. Estoy congelado-, dijo la persona que había bajado del helicóptero y que usaba una ampulosa campera inflable como las que lucían los marines yanquis cuando invadieron Irak. Y agregó:

-Me presento. Mi nombre es Leónidas Tracio Gutiérrez, soy funcionario del Ministerio de Economía del gobierno de Javier Milei y estoy aquí para verificar si la persona a cuyo nombre figura como propietario este café es realmente René Salamanca. Hay un artículo publicado en la edición de hoy en el Diario La Nazion donde se denuncia un supuesto caso encuadrado en la figura de Curro de la Corrupción. La Nazion sostiene que René Salamanca no desapareció como se creía y que estaría vivo y residiendo en el fin del mundo y ese lugar sería justo acá según marca el GPS de Google, en esta desolada inhabitable playa perdida en el agitado helado Atlántico Sur y eso significa que con la pequeña ayudita de un prolijo sencillo cuestionario elaborado por Inteligencia Artificial se lo va a interrogar a usted a continuación, para verificar su situación. Si usted no se opone, por supuesto… Intentamos establecer si usted es un corrupto estafador que cobra un subsidio del Estado que no le corresponde.-

El funcionario del Ministerio de Economía del gobierno interrumpió su burocrática presentación. Había notado que Salamanca ni lo miraba y quizás ni lo escuchaba. Se acercó a Salamanca y le preguntó qué estaba haciendo.

-Lo miro con atención, muchacho…-, le contestó Salamanca después de un rato en que se había mantenido en silencio. Adentro se escuchaba el silbido del viento de afuera en la playa.

Salamanca estaba un poco descolocado. Esperaba otra cosa, no un funcionario leguleyo que lo venía a acusar de corrupto por cobrar un subsidio por desaparición y violación de los derechos humanos seguida de muerte que no correspondía. El hecho que el visitante no tuviera el aspecto que él había imaginado lo había confundido un poco. Ni hablar de su absurda acusación.

Salamanca levantó la vista, se acercó desafiante al funcionario del Ministerio, le sacó de la boca un cigarrillo que estaba fumando, lo tomó entre sus dedos, le dio una pitada profunda y se lo volvió a poner en la boca a Leónidas Tracio Gutierrez. Era un gesto atrevido e intimidante. Inesperado. Fue como un aviso…. Algo iba a pasar. Las miradas entre ambos que se sucedieron a partir de ese momento anunciaban el principio de un naufragio cuyo apocalíptico escenario sería un lugar alejado e inhóspito del fin del mundo.

Ninguno de los dos sabía qué venía después. Como iban a reaccionar mutuamente. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo. Como decía Freud, el inconsciente dirige las acciones del Yo como un caballo salvaje a su jinete y un segundo antes no hay forma de saber cómo una persona guiado por un caballo salvaje va a reaccionar, no hay rienda que soporte la presión del animal.

-Bueno Salamanca, le hago unas preguntas básicas y usted decide si las contesta o no. Si usted reconoce que no es un desaparecido encarcelado torturado y posteriormente asesinado por el Estado como consta en un trámite archivado del Ministerio y me firma este formulario donde se le da de baja del subsidio por haber desaparecido… Porque usted está aquí y por lo que veo bien enterito de cuerpo y alma, bueno…firma el formulario y yo me tomo el helicóptero de vuelta a Buenos Aires y usted sigue su vida atendiendo su negocio acá en la playa. Yo sé, me doy cuenta, que interrumpir el subsidio puede ser una molestia económica para usted, pero como usted sabrá el país está llevando a cabo un duro ajuste para poder pagar la deuda externa, hay que pensar cuántas escuelas se podrían construir con el dinero que usted cobra indebidamente…-

Salamanca lo escuchó en silencio, se levantó de su silla y se preparó un café. Se tomó su tiempo, se movió con aparatosa lentitud, en ningún momento miró a Tracio Leónidas, los dos sabían que cuando el agudo molesto chirrido sonido agudo de la máquina de café cesara, se vendría el temblor y la cosa pasaría a tener otro tono…

Dijo Salamanca:

-Le cuento, muchacho. Fue en 1976. Yo estaba comiendo un asado con algunos compañeros en una casita en el barrio Sarmiento en la provincia de Córdoba… Un barrio tranquilo, gente sencilla con ganas de divertirse un rato, habíamos puesto unos cuartetazos de La Mona, cantábamos, tomábamos vino…-, dijo Salamanca.

Salamanca detuvo un instante su relato mientras bebía un sorbo de su café. No le había convidado una taza al funcionario de Milei, toda una señal de creciente hostilidad que alimentaba la tensión… La mirada perdida de Salamanca se dirigió entonces lentamente hacia el ventanal, observaba como el viento hacia remolinos de arena en la playa y de a poco tapaba el helicóptero hasta que el helicóptero no se lo vio más… En el horizonte, en la oscuridad rumorosa del oleaje del mar profundo, se empezaban a ver luces y explosiones y los reflejos a la distancia iluminaban el oscuro mar helado.

Siguió Salamanca.

-Tocaron el timbre y atendimos. Eran cuatro muchachos y un hombre mayor. Se presentaron como policías. -Te vinimos a buscar negro,- dijeron mientras mostraban sus armas. Me metieron en una camioneta y me llevaron a un depósito. Me torturaron toda la noche y cuando se cansaron uno de ellos tomó un hacha y me cortaron las piernas y los brazos para que no pudieran identificar el cadáver, dijo. Al final me rociaron con nafta y me quemaron vivo…- dijo Salamanca levantando por primera vez la vista observando un cambio súbito en el rostro de Tracio Leónidas que de repente comenzó a temblar, antes que Salamanca le diera el último sorbo a su café…

El ahora tembloroso funcionario de Milei había perdido ya su postura arrogante e intentó decir algo. Buscó cuidadosamente las palabras adecuadas para no aumentar la tensión. Porque estaba sólo y a nadie a quién recurrir o pedir auxilio en el fin del mundo.

-Yo soy un simple hombre que está trabajando, Salamanca. Me mandaron acá por razones administrativas, estamos trabajando señor…-. Su nerviosismo desbordaba mientras intentaba retroceder buscando la puerta de salida…. Usted tiene brazos y piernas y está vivo, tan solo eso es lo que vine a constatar señor Salamanca…-, dijo el ahora desesperado señor Tracio Leónidas.

-No estoy vivo. Estamos en el fin del mundo. Yo. Y usted también… Ubíquese un poco, caballero…-, dijo Salamanca…. Y agregó:

-Como dice el poeta, sólo pasarás este peaje si vienes a enseñar. Pero serás decapitado si bajo pretexto de gran explicador también pretendes robarte el corazón…

Salamanca se puso de pie. Lo miró y se dijo a sí mismo: el renacuajo se quedará sin cola en cualquier momento.


Una silueta arriba de una nube miraba...



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