La
Teoría de la Insubordinación fundante. Análisis histórico del
origen del desarrollo de las grandes potencias. Los casos de Estados
Unidos, Alemania, y Japón / Juan Marcelo Gullo Omodeo / Universidad
Nacional de Lanús – UNLA, Argentina
Resumen. La
teoría de la insubordinación fundante sostiene que todos los
procesos emancipatorios exitosos, que todos los procesos de
construcción de soberanía real y todos los procesos de desarrollo
que lograron resultados positivos fueron el resultado de la
insubordinación fundante, es decir, de una insubordinación
ideológica contra el orden ideológico establecido por el poder
dominante, más un impulso estatal adecuado que permite que el poder
(los elementos de poder tangible e intangible de un estado) se
convierta en un acto. La primera potencia que construyó un orden
ideológico destinado a inhibir la construcción del poder nacional
de otros estados y a inhibir el desarrollo de otras naciones fue Gran
Bretaña a través de la predicación de la teoría de la división
internacional del trabajo y el libre comercio. De ahí que la
construcción del poder nacional y el desarrollo económico estuviera
vinculada, a partir de entonces, al rechazo de la división
internacional del trabajo y del libre comercio. Para demostrar
nuestra hipótesis, en este artículo se analizan los casos de
Estados Unidos, Alemania y Japón. Palabras claves: Desarrollo;
Geografía política; Impulso estatal; Insubordinación fundante;
Insubordinación ideológica; Subordinación ideológica.
Introducción.
Una
de las cuestiones más llamativas pero, a su vez más ignoradas de la
historia de la economía internacional, se refiere al hecho de que, a
partir de su industrialización, Gran Bretaña pasó a actuar con
deliberada duplicidad. Una cosa era lo que efectivamente había
realizado – y realizaba – en materia de política económica para
industrializarse y progresar industrialmente y otra, aquella que,
ideológicamente, propagaba, con Adam Smith y otros voceros. (Algo
similar a aquello que, actualmente, hacen los Estados Unidos, la
Unión Europea, Japón, Corea del Sur y China). Inglaterra se
presentaba al mundo como la patria del libre comercio, como la cuna
de la no intervención del estado en la economía cuando, en
realidad, había sido, en términos históricos, la patria del
proteccionismo económico y del intervencionismo estatal.1
El
estudio de la historia de la economía inglesa demuestra que la
industrialización británica, incipiente desde el Renacimiento
Isabelino y fuertemente desarrollada desde fines del siglo XVIII, con
la Revolución Industrial, tuvo, como condición fundamental, el
estricto proteccionismo del mercado doméstico y el conveniente
auxilio del Estado al proceso de industrialización.2 Obtenidos para
sí, los buenos resultados de esa política, Gran Bretaña se esmeró
en sostener, para los otros, los principios del libre cambio y de la
libre actuación del mercado, condenando, como contraproducente,
cualquier intervención del Estado.
Imprimiendo
a esa ideología de preservación de su hegemonía, las apariencias
de un principio científico universal de economía logró, con éxito,
persuadir de su procedencia (subordinar ideológicamente), por un
largo tiempo a los demás pueblos que, así, se constituyeron,
pasivamente, en mercado para los productos industriales británicos
permaneciendo como simples productores de materias primas. De esa
forma la subordinación ideológica – en las naciones que aceptaron
los postulados del libre comercio, como un principio científico de
carácter universal – se constituyó en el primer eslabón de la
cadena que las ataba y condenaba al subdesarrollo endémico y a la
subordinación política, más allá de que lograran mantener los
atributos formales de la soberanía (Gullo, 2008, 2012).
A
partir de entonces, para que cualquier intento de superar el
subdesarrollo y la dependencia política – emprendido por cualquier
unidad política sometida a la subordinación ideológica británica
fuese exitoso, debía partir, necesariamente, de la ejecución de una
“Insubordinación Fundante”, es decir de la puesta en marcha de
una insubordinación ideológica – consistente en el rechazo de la
ideología de dominación difundida por Gran Bretaña: el libre
comercio. Insubordinación que debía ser complementada con la
aplicación de un adecuado impulso estatal (proteccionismo económico,
inversiones públicas, subsidios estatales cubiertos o encubiertos),
que pusiese en marcha, el proceso de industrialización (GULLO, 2008,
2010a, 2010b, 2012, 2014a, 2014b, 2018).
Fue,
ciertamente, gracias a la realización de sus respectivas
Insubordinaciones Fundantes que, Estados Unidos, Alemania y Japón,
en el transcurso del siglo XIX, tanto como China o Corea del Sur,
durante el siglo XX, lograron superar el subdesarrollo,
industrializarse y convertirse en países efectivamente autónomos.
Esta
hipótesis la hemos demostrado en nuestras obras, La Insubordinación
fundante. Breve historia de la construcción del poder de las
naciones, publicada en Buenos Aires en 2008; Le temps des
Etats continentaux. Les nations face à la mondialisation: situation
des pays latino-américains, editada en Paris en 2010; La
costruzione del Potere: Storia delle nazioni dalla prima
globalizzazione all’imperialismo statunitense publicada en
Florencia en 2010; Insubordinación y Desarrollo. Las claves
del éxito y el fracaso de las naciones impresa en Buenos
Aires 2012; Insubordinazione e Sviluppo. Appunti per la
comprensione del successo e del fallimento delle nazioni,
publicada en Roma en 2014 y, en Relaciones Internacionales. Una
teoría crítica desde la periferia Sudamérica, editada en
Buenos Aires en 2018.
Hay,
entonces, una falsificación de la historia – construida desde los
centros hegemónicos del poder mundial – que oculta el camino real
que recorrieron las naciones hoy desarrolladas, para construir su
poder nacional, y alcanzar su actual estado de bienestar y desarrollo
(CHANG, 2009, 2009) (GULLO, 2008, 2012, 2018) (REINERT, 2007)
(SEVARES, 2010) (TOUSSAINT, 2007).
La
falsificación de la historia realizada por las grandes potencias,
oculta que todas las naciones desarrolladas llegaron a serlo,
renegando de algunos de los principios básicos del liberalismo
económico, en especial el de la aplicación del libre comercio, es
decir, aplicando un fuerte proteccionismo económico pero hoy,
aconsejan, hipócritamente, a los países en vía de desarrollo o
subdesarrollados, la aplicación estricta de una política económica
ultraliberal y de libre comercio, como camino del éxito.
2.
La Insubordinación Fundante en los Estados Unidos.
Es
justamente esa falsificación de la historia la que oculta que,
Inglaterra, fue la cuna del proteccionismo económico y que, los
Estados Unidos, fueron la patria del nacionalismo económico. Hasta
1860, los Estados Unidos, poseían todas las características de un
país periférico. Su balanza comercial era, generalmente,
desfavorable. En la década de 1850, los Estados Unidos, exportaban
mercaderías por valor de 144.376.000 millones de dólares e
importaban mercaderías por valor de 172.510.000 millones de dólares.
En la década de 1860, las exportaciones sumaban 333.576.000 millones
de dólares y las importaciones llegaban a 353.616.000 millones de
dólares (Underwood Faulkner, 1956). El 50 por ciento de sus
importaciones consistía en artículos manufacturados y listos para
el consumo. Al igual que a cualquier país latinoamericano,
Inglaterra le suministraba la mayor parte de las importaciones y
absorbía casi la mitad de sus exportaciones. Las compras europeas se
limitaban, casi enteramente, a las materias primas. Estados Unidos
era, fundamentalmente, un país exportador de materias primas sin
elaborar e importador de productos industriales. Era un país
agrícola exportador, casi “mono-exportador”. En términos
actuales, un país “algodón-dependiente”. Después de la
invención de la desmotadora, el algodón se convirtió en el
principal artículo de exportación y, alrededor de 1860, constituía
el 60% de las exportaciones de los Estados Unidos. A fines de 1850,
las exportaciones manufacturadas sólo ascendían, aproximadamente, a
un 12 % sobre el total exportado por los Estados Unidos y se
dirigían, principalmente, hacia regiones subdesarrolladas como
México, las Antillas, América del Sur, Canadá y China. Es decir
que los productos primarios constituían el 82% de los productos
exportados por los Estados Unidos. Ese 82 % estaba compuesto de
algodón, arroz, tabaco, azúcar, madera, hierro y oro proveniente de
California que había sido arrebatada a México en 1848 (GULLO,
2008).
El
análisis histórico objetivo no deja duda alguna de que, después de
la finalización de la Guerra Civil, los Estados Unidos rechazaron
frontalmente el libre comercio y adoptaron, decididamente, como
política de Estado el proteccionismo económico, y que, gracias a
este sistema, protagonizaron uno de los procesos de industrialización
– por su rapidez y profundidad – más asombrosos de la historia.
En 1875, los aranceles para productos manufacturados oscilaban entre
el 35% y el 45%. Recién en 1913, hubo una disminución de los
aranceles, pero la medida fue revertida, apenas un año más tarde,
cuando estalló la Primera Guerra Mundial. En 1922, el porcentaje
pagado sobre los bienes manufacturados de importación, subió un
30%. En 1925, la tasa arancelaria promedio sobre los productos
manufacturados era de un 37% y, en 1931, de un 48%.
Convertidos,
luego de la Segunda Guerra Mundial, en la más grande potencia
industrial del mundo, en la economía industrial de más alta
productividad y, estando, tanto el aparato industrial europeo como el
japonés, destruidos, Estados Unidos, – tal como lo había predicho
el presidente Ulises Grant –, después de haber usufructuado del
proteccionismo económico, después de haber obtenido del régimen
protector todo lo que éste pudo darle, adoptó el libre cambio y se
convirtió en el bastión intelectual del libre comercio. Aunque
todavía en 1960, Estados Unidos mantenía un arancel promedio del
13%.
3.
La Insubordinación Fundante en Alemania.
Es
justamente, esa falsificación de la historia, la que oculta que, la
hoy orgullosa nación alemana fue, hasta 1834, con la creación del
Zollverein (Unión aduanera), una subdesarrollada colonia informal de
Inglaterra. Todavía en 1834, el 72% de la población de Alemania
vivía de la tierra. (DROZ, 1973:133). Tan irritante para los
intereses británicos consideró Londres el proceso de proteccionismo
e integración económica iniciado con el Zollverein – a pesar de
que la tarifa externa común era todavía relativamente baja – como
para que, hacia 1840, el investigador John Bowring, fuese enviado a
tantear la fortaleza de la nueva unión. (DERRY y
WILLIAMS, 2000). Oficialmente, Gran Bretaña envió al prestigioso
doctor Bowring a Alemania, con el objetivo de convencer a los
alemanes para que abrieran su mercado a las manufacturas inglesas, a
cambio de concesiones a favor de los cereales y las maderas de
Alemania, de un modo análogo a lo sucedido con los vinos y
aguardientes franceses, en 1834.3 A tal efecto, John Bowring elaboró
un informe que tendía a demostrar que, la industria alemana era
protegida a costa de la agricultura, perjudicando al consumidor
alemán, que las medidas proteccionistas habían dado una dirección
equivocada a muchos capitales, perjudicando los intereses agrícolas,
que la agricultura, en Alemania, era la rama más importante de la
producción.
Digamos
al pasar que, paradójicamente, los argumentos esgrimidos por Bowring
en 1834, son los mismos argumentos que hoy utiliza la elite
política-académica alemana para convencer a los países en vía de
desarrollo para que abran sus economías a los productos industriales
alemanes y no apliquen ninguna medida de carácter proteccionista.
Tan
exitoso fue el proteccionismo económico aplicado por Alemania que,
en 1865, Alemania logró ocupar el segundo lugar en la producción
mundial de acero y sólo era superada por Gran Bretaña, siendo
“escoltada” por Francia y los Estados Unidos (GULLO, 2008).
La
reescritura de la historia del capitalismo alemán no da cuenta hoy
día de que, el despegue económico, iniciado por el Zollverein
(1834), fue apuntalado por la Seehandlung –
especie de banco de fomento industrial bajo control absoluto del
Estado – que desempeñó un papel capital en la financiación y
pertrechamiento de la industria y que, fue la Seehandlung, la que
impulsó el Zollverein, y eso a pesar de la resistencia de una parte
importante de la población. (DROZ, 1973). Hoy los académicos
alemanes tienden a olvidar, con gran facilidad que, a través de la
Seehandlung, los industriales alemanes tuvieron la oportunidad de
acceder a un financiamiento de largo plazo y bajo interés que, de
otro modo – es decir, en lo que actualmente denominamos condiciones
de mercado – jamás habrían podido obtener. (GULLO, 2008) Menos
quieren recordar – los intelectuales alemanes – que, cuando en
1890, el gobierno alemán elevó considerablemente los aranceles,
Alemania comenzó a vivir una segunda ola de industrialización que
multiplicó por cinco su producción de artículos manufacturados.4
4.
La insubordinación fundante en Japón.
Es
justamente, esa falsificación de la historia, la que también oculta
que el desarrollo industrial del Japón, fue el resultado de
una planificación estatal centralizada (GULLO, 2008). Hoy
los académicos japoneses han curiosamente olvidado que el estado
japonés, a partir de la Revolución Meiji (1868), creó y administró
todas las primeras grandes industrias y que, hasta 1884, en Japón
existió un solo actor que realizaba los estudios de factibilidad,
construía las fábricas, compraba las maquinarias y administraba las
empresas creadas: el Estado (Gullo, 2008). Tampoco recuerdan que, en
1911, el gobierno japonés – inspirándose en las leyes
estadounidenses de fomento de la industria
de
1789 – prohibió la navegación costera a los países extranjeros y
que, este hecho permitió que los Mitsubishi fundaran entonces, en
combinación con los Mitsui y los Ocurra, la Osaka Shosen Kaisha y
luego la Kogusai Kisen Kaisha, que le permitieron a Japón no sólo
realizar la navegación de su litoral sino crear líneas de
navegación hacia África, Australia, Estados Unidos, Europa y
Suramérica (GULLO, 2008). Importa destacar que cincuenta años
después de que el gobierno Meiji decidiera crear, mediante el
impulso estatal, la industria naviera, la marina mercante japonesa
disponía de 4.000.000 de toneladas. Su capacidad se había
centuplicado (GULLO, 2008).
La
historia oficial de la globalización tampoco reporta el hecho de que
después de la Segunda Guerra Mundial el Ministerio de Comercio
Internacional y de la Industria (MITI) volvió a reeditar la esencia
de la política económica de la Revolución Meiji (MORISHIMA, 1977)
(BIEDA, 1970). La historia oficial no da cuenta de que, entre las
leyes más importantes fomentadas por el MITI figuran la Ley sobre el
Control de Cambio y el Control del Comercio Exterior – del 1 de
diciembre de 1949 – que le otorgaba al MITI el derecho de controlar
las importaciones, así como la Ley sobre Inversiones Extranjeras –
del 10 de mayo de 1950 – que lo facultaba para el control virtual
sobre todos los capitales, de corto o largo plazo, que llegaran al
Japón (BROCHIER, 1970) (ZAITSEV, 1978) (SATO, 1978).
Es
también esa falsificación de la historia que, en versión estándar,
se enseña en la mayoría de las Universidades del mundo, la que
esconde que, durante 30 años, el estado japonés protegió y
subsidió, de forma directa o indirecta, a sus principales fábricas
de automóviles y que rescató – con dinero público –
reiteradamente a la empresa Toyota de la quiebra. A modo de
conclusión es posible afirmar que el “milagro japonés” fue
posible a través del impulso estatal y el establecimiento de
una economía de mercado planificada (BIEDA, 1970:
52). El milagro japonés fue lisa y llanamente el producto de una
insubordinación fundante.
5.
La propaganda ideológica como factor de inhibición del desarrollo.
Si
observamos la verdadera historia de los países que hoy conforman el
centro del poder mundial (en este trabajo hemos tomado como casos
testigos el de los Estados Unidos, Alemania y Japón) se descubre
entonces que, generalmente, llegaron a convertirse en países
desarrollados través de la realización de una Insubordinación
Fundante que consistió siempre en el rechazo del libre comercio –
como ideología de dominación – y en la aplicación de un adecuado
impulso estatal en sus diferentes formas: los subsidios estatales –
cubiertos o encubiertos – para las actividades científico
tecnológicas, las inversiones públicas, la protección del mercado
interno, por citar algunos de los más relevantes.
Hoy,
esos mismos países, ocultan la importancia que, en la construcción
de sus respectivos poderes nacionales, tuvo el impulso estatal al
mismo tiempo que critican, ridiculizan, y hostigan, a cualquier
estado de la periferia que quiera seguir los pasos que ellos mismos
siguieron en su momento, para alcanzar el desarrollo y su actual
situación de poder. Los países poderosos procuran – a través de
la propaganda ideológica engendrada en algunas de sus Universidades
y difundida a nivel planetario por los medios de comunicación que
controlan – “patear” la escalera que ellos utilizaron primero
para alcanzar sus respectivas autonomías nacionales y luego, para
subir a la cúspide del poder mundial (CHANG, 2004). No es, sin
embargo, que propongamos una “copia” lisa y llana de los procesos
de desarrollo de Estados Unidos, Alemania o Japón, sino un
conocimiento de la realidad conceptual que imbuyó, por igual, a
todos los procesos de desarrollo exitoso y eludir los errores,
también conceptuales, de aquellos pueblos que fracasaron en sus
intentos. Se trata de adaptar lo conceptual real a cada tiempo y
espacio histórico, sin por ello abandonar las esencias, y en la
medida que se vayan aplicando, eludir – también con la experiencia
– los errores ajenos o mejor y más simple y claramente dicho
(valerse de), la experiencia ajena, porque la experiencia propia
llega tarde y cuesta cara. 6
Conclusión
y prospectiva.
El
análisis histórico no deja lugar a dudas que la superación del
subdesarrollo relativo de los Estados Unidos, Alemania y Japón
estuvo íntimamente ligado al desarrollo de un proceso de
Insubordinación fundante. El análisis histórico efectuado
demuestra que, el origen del desarrollo de las grandes potencias
analizadas y tomadas como casos testigos, se debió siempre y, en
todos los casos analizados, a la realización de un proceso de
Insubordinación Fundante. En realidad resulta del estudio histórico
– cuando se analiza la historia sin prejuicios ideológicos – que
todos los procesos de emancipación y desarrollo exitosos fueron el
resultado de una Insubordinación Fundante. Si bien en este artículo
hemos tomado como casos testigos a los Estados Unidos, Alemania y
Japón en otros trabajos hemos analizado, entre otros, los casos de
Francia, Italia, Canadá, Corea del Sur y China llegando a idénticas
conclusiones (GULLO, 2008, 2012).
Aunque
excede los límites de este trabajo resulta ineludible finalizar el
mismo sin referirnos someramente a la posibilidad de realizar en la
América del Sur, en pleno siglo XXI, un proceso de insubordinación
Fundante. Hoy los desafíos para la realización de una
Insubordinación Fundante, en cualquier país de la América del Sur,
provienen del Lejano Oriente. China se ha transformado en la “gran
fábrica del mundo” y en una “gigantesca aspiradora de materias
primas”, provocando, en consecuencia, una elevación sustancial de
los precios internacionales de las mismas. Sin embargo, este hecho
positivo podría influir, paradójicamente, de un modo altamente
negativo en las posibilidades de alcanzar el desarrollo y la justicia
social en la región sudamericana. Es que, alentados por los
crecientes valores de sus productos extractivos, la tentación por
volver a los esquemas pre-industriales – especialmente en
Argentina, y, en aunque en menor medida, también en Brasil –
podría volverse cada vez más intensa (GULLO, 2008). Asimismo,
alentará y lo que es peor, “justificará” la posición de
aquellas elites locales liberales que consideran “innecesario” y
hasta “forzado” el esquema de un desarrollo industrial que es el
único que, históricamente ha permitido alcanzar el desarrollo y
superar estructuralmente la pobreza en todas partes del mundo.
Muy
por el contrario, si los países de la América del Sur lograran
construir un consenso básico mínimo estarían en condiciones de
negociar con el resto de las potencias sedientas de materias primas –
principalmente China – la posibilidad de que éstas acepten que
Sudamérica lleve adelante un proceso de Insubordinación Fundante
que, en las actuales circunstancias, consistiría en la puesta en
marcha de una política pro-industrial activa que deberá ser
extremadamente selectiva para que pueda ser admitida. Entonces, a
través de un “proteccionismo selectivo”, los países de la
América del Sur, podrían abrir, moderadamente, sus economías a la
producción industrial del resto del planeta. No se trataría de
llevar la idea de autarquía a nivel sudamericano, sino de determinar
los sectores productivos a salvaguardar o crear, orientando la
inversión extranjera a esos sectores para mantener una estructura
industrial acorde con la sustentación de la población de los países
sudamericanos, evitando de esa forma la posibilidad de un desempleo
masivo que llevaría inexorablemente, sobre todo en el caso argentino
y brasileño, a una crisis social incompatible con la preservación
de sus regímenes democráticos y sus respectivas unidades
territoriales y nacionales. Conviene recordar que sólo el
conocimiento de la historia, nos permite comprender el presente y
cambiar el futuro.
Notas.
1
Uno de los más claros ejemplos de proteccionismo económico y del
intervencionismo estatal, es sin duda alguna el Acta de Navegación
de 1651. En agosto de 1651, el Parlamente inglés aprobó el Acta de
Navegación en virtud del cual sólo se permitía importar en
Inglaterra mercancías en barcos ingleses que se hallaran bajo el
mando de ingleses y en los cuales además las tres cuartas partes de
su tripulación fueran marineros ingleses. El Acta de Navegación
también establecía que solo se podía importar en Inglaterra
mercancías de los sitios de origen. A través del Acta de Navegación
la industria naval inglesa recibió un Impulso Estatal enorme. Los
comerciantes ingleses obligados a aprovisionarse por su propia cuenta
dieron un empuje a la construcción naval tan importante que la
marina inglesa se convirtió en poco tiempo en la primera del mundo
(GULLO, 2012).
2
Isabel I promovió la economía nacional inglesa protegiendo a la
naciente industria del reino. Hasta entonces Inglaterra vendía su
abundante producción de lana principalmente a Holanda donde era
luego procesada. Isabel mediante una hábil política de fomento
consiguió atraer hacia Inglaterra a los técnicos tejedores
holandeses expulsados por Felipe II de los Países Bajos. Técnicos
que una vez instalados en Inglaterra, apoyados y protegidos por el
estado, comenzaron a desarrollar la industria textil que llegó a ser
una de las columnas principales de la economía inglesa. Isabel
desarrolló el mercado interno para la naciente industria
estableciendo salarios mínimos, dictando diversas leyes protectoras
de los campesinos y proporcionando trabajo a los pobres. Durante los
45 años de reinado de Isabel, Inglaterra gozó de una extraordinaria
prosperidad económica. Es posible afirmar que Inglaterra vivió una
primera revolución industrial entre 1540 y 1640, “caracterizada
por inversiones en industrias nuevas como la minería, la metalurgia,
las cervecerías, la refinación de azúcar, la fabricación de
jabón, alumbre, cristal y sal. El auge de la extracción del carbón
se inicia en el reinado de Isabel y de allí a la revolución de 1688
su producción aumenta un 1500%; pasa de 170.000 a 2.500.00
toneladas. Nivel que Francia recién alcanza en 1834” (TRÍAS,
1976: 6).
3
Inglaterra reaccionó rápidamente contra la Unión aduanera alemana
porque comprendió cabalmente que la integración económica podía
devenir fácilmente en un medio para el logro de la integración
política y que esta podía conducir, si Alemania, se industrializaba
seriamente, a la aparición de una potencia política en el corazón
de Europa y a la perdida de importantes mercados para sus
manufacturas. La misión que gabinete ingles le encomendó al doctor
Bowring – convencer a los alemanes que aceptaran un acuerdo parcial
de libre comercio – no era solo un medio para garantizar el mercado
alemán para los productos industriales ingleses, sino también un
medio para vaciar de contenido, es decir, poder a un posible Estado
alemán unificado (GULLO: 2008).
4
Sin embargo, es preciso aclarar que el proceso de insubordinación
fundante no fue un proceso lineal. El proceso de insubordinación
fundante ( insubordinación ideológica contra el libre comercio, más
integración económica más un adecuado impulso) de los Estados
alemanes estuvo lleno de contradicciones, de marchas y contramarchas,
porque las grandes fortunas de la aristocracia, deseaban que Prusia
conservara su carácter agrario y, porque la dominación cultural,
ejercida desde larga data por Gran Bretaña, había logrado que, gran
parte de la sociedad alemana – principalmente la burocracia
prusiana, la burguesía comercial e importantes sectores pensamiento
universitario – adhiriera al librecambismo. Prueba de ello, por
ejemplo, fueron los Congresos de economistas alemanes celebrados en
Gotha, en 1858, y en Francfort, en 1859, que se manifestaron a favor
del desmantelamiento de los mecanismos que protegían a la industria
y que adhirieron, sin cortapisas, a la teoría del librecomercio
(GULLO, 2008).
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