jueves, 20 de febrero de 2025

El fin del mundo / Ricardo Beyer.

 












El fin del mundo.

A René Salamanca


El hombre aquel vivía en un lugar llamado “el fin del mundo”. Así anunciaba un cartel en la playa. Era un nombre poco habitual para nominar un paraje desolado en la áspera ventosa solitaria playa patagónica. Pero siempre hay una(varias) explicación(es) para todo. La pregunta primera que cualquier observador curioso probablemente se plantearía, entre otras opciones posibles por supuesto, sería ésta : ¿qué significa la expresión “el fin del mundo”, dónde queda realmente “el fin del mundo”, cómo es “el fin del mundo”, quién determina qué es “el fin del mundo”?

La expresión “fin del mundo” no necesariamente denota un lugar horrible e insoportable, esa naturalizada reduccionista visión viene de una simplificada imagen bíblica que tiene más que ver con el infierno y el apocalipsis, esas fábulas con moralejas moralistas que nutren el imaginario de la Iglesia. En este caso puntual, para mí, “el fin del mundo” sería un cierre, un final de una misma secuencia. Como un fósforo que cuando lo encendemos quema y lastima, pero al cabo de unos segundos la llama languidece hasta apagarse del todo y ya no abrasa más. El lenguaje es así, una misma palabra significa muchas cosas distintas a la vez, todo depende qué otra palabra va unida a esa primera palabra. El texto es el contexto. El significante y el significado. Como esos melancólicos sonidos que en la radio de Tití alteran el silencio tanguero y pasan al frenesí rockero con un breve separador previamente grabado y al final del programa se lee la temperatura y los avisadores que sponsorearon aflojan un poco y a otra cosa, el tiempo finaliza y cambia el programa, chocolate y jabón en polvo.

Los humanos somos una discoteca que camina por la calle, personas grises que saludan a todo el mundo y que usan diferentes máscaras según la ocasión y el escenario, con el conformista propósito de ser un sencillo hombre más desapercibido, sociable y adaptado a las normas y las aburridas previsibles establecidas convenciones sociales que han sido adoptadas y aceptadas por casi todas las personas “normales”. Salvo este hombre inadaptado que quedó fuera del juego. Según Tití… Tití es el apodo que el señor René Salamanca usaba cuando hablaba consigo mismo. Salamanca no es un tipo normal.

Este hombre de la historia que estoy narrando vivía en una playa desierta y desolada en la costa patagónica, atravesada por insoportables vientos constantes e interminables, que levantaban nubes de arena y remolinos a la vez y que convertían en intolerable e insoportable siquiera pensar, por ejemplo, en un paseo por la playa a orillas del mar. Menos aún descalzos…

-Frío, viento y lluvia, la mezcla perfecta para un final, un ocaso a toda orquesta-, le decía Tití a Salamanca.

Como huyendo del mundo el hombre en cuestión había construido en ese paraje exóticamente desolado y salvaje un bar al paso que tenía en el techo un cartel que decía “Monte Chingolo”. Esperando clientes, no. Nunca nadie abrió la pesada puerta de madera para entrar al bar. Era más bien un escondite… De la vida. Y de la muerte. Y de sí mismo.

Horas, días, semanas, años, pasaba el hombre detrás de la barra, mirando tranquilo, pero atento, a través del amplio ventanal que daba a la playa desierta, que vinieran por él… Así de simple. Así es el destino de los inadaptados. Sabía que iban a venir. Estaba seguro. Se lo dijo una vez, Tití. Tití lo había visto en un sueño que ellos venían avanzando lentamente por la playa con los ojos bien abiertos como tigres en la lluvia, como dice la canción de Spinetta. Tití escucha mucho a Spinetta. Salamanca no, le gusta el cuarteto cordobés.

Y así pasaban los días y las semanas y los meses y los años en ese lugar desolado hasta que un día bajó del cielo un helicóptero. Un señor con anteojos amarillos, de baja estatura, pero obeso y con una llamativa papada y cuya melena se la despeinaba el viento patagónico que silbaba con violencia en la playa, descendió del helicóptero y se dirigió con dificultad (el viento intenso frenaba su paso) hacia la entrada del café Monte Chingolo.

-Buenas tardes caballero, puede ser un café con leche bien caliente, está insoportable el frío y el viento de la playa. Estoy congelado-, dijo la persona que había bajado del helicóptero y que usaba una ampulosa campera inflable como las que lucían los marines yanquis cuando invadieron Irak. Y agregó:

-Me presento. Mi nombre es Leónidas Tracio Gutiérrez, soy funcionario del Ministerio de Economía del gobierno de Javier Milei y estoy aquí para verificar si la persona a cuyo nombre figura como propietario este café es realmente René Salamanca. Hay un artículo publicado en la edición de hoy en el Diario La Nazion donde se denuncia un supuesto caso encuadrado en la figura de Curro de la Corrupción. La Nazion sostiene que René Salamanca no desapareció como se creía y que estaría vivo y residiendo en el fin del mundo y ese lugar sería justo acá según marca el GPS de Google, en esta desolada inhabitable playa perdida en el agitado helado Atlántico Sur y eso significa que con la pequeña ayudita de un prolijo sencillo cuestionario elaborado por Inteligencia Artificial se lo va a interrogar a usted a continuación, para verificar su situación. Si usted no se opone, por supuesto… Intentamos establecer si usted es un corrupto estafador que cobra un subsidio del Estado que no le corresponde.-

El funcionario del Ministerio de Economía del gobierno interrumpió su burocrática presentación. Había notado que Salamanca ni lo miraba y quizás ni lo escuchaba. Se acercó a Salamanca y le preguntó qué estaba haciendo.

-Lo miro con atención, muchacho…-, le contestó Salamanca después de un rato en que se había mantenido en silencio. Adentro se escuchaba el silbido del viento de afuera en la playa.

Salamanca estaba un poco descolocado. Esperaba otra cosa, no un funcionario leguleyo que lo venía a acusar de corrupto por cobrar un subsidio por desaparición y violación de los derechos humanos seguida de muerte que no correspondía. El hecho que el visitante no tuviera el aspecto que él había imaginado lo había confundido un poco. Ni hablar de su absurda acusación.

Salamanca levantó la vista, se acercó desafiante al funcionario del Ministerio, le sacó de la boca un cigarrillo que estaba fumando, lo tomó entre sus dedos, le dio una pitada profunda y se lo volvió a poner en la boca a Leónidas Tracio Gutierrez. Era un gesto atrevido e intimidante. Inesperado. Fue como un aviso…. Algo iba a pasar. Las miradas entre ambos que se sucedieron a partir de ese momento anunciaban el principio de un naufragio cuyo apocalíptico escenario sería un lugar alejado e inhóspito del fin del mundo.

Ninguno de los dos sabía qué venía después. Como iban a reaccionar mutuamente. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo. Como decía Freud, el inconsciente dirige las acciones del Yo como un caballo salvaje a su jinete y un segundo antes no hay forma de saber cómo una persona guiado por un caballo salvaje va a reaccionar, no hay rienda que soporte la presión del animal.

-Bueno Salamanca, le hago unas preguntas básicas y usted decide si las contesta o no. Si usted reconoce que no es un desaparecido encarcelado torturado y posteriormente asesinado por el Estado como consta en un trámite archivado del Ministerio y me firma este formulario donde se le da de baja del subsidio por haber desaparecido… Porque usted está aquí y por lo que veo bien enterito de cuerpo y alma, bueno…firma el formulario y yo me tomo el helicóptero de vuelta a Buenos Aires y usted sigue su vida atendiendo su negocio acá en la playa. Yo sé, me doy cuenta, que interrumpir el subsidio puede ser una molestia económica para usted, pero como usted sabrá el país está llevando a cabo un duro ajuste para poder pagar la deuda externa, hay que pensar cuántas escuelas se podrían construir con el dinero que usted cobra indebidamente…-

Salamanca lo escuchó en silencio, se levantó de su silla y se preparó un café. Se tomó su tiempo, se movió con aparatosa lentitud, en ningún momento miró a Tracio Leónidas, los dos sabían que cuando el agudo molesto chirrido sonido agudo de la máquina de café cesara, se vendría el temblor y la cosa pasaría a tener otro tono…

Dijo Salamanca:

-Le cuento, muchacho. Fue en 1976. Yo estaba comiendo un asado con algunos compañeros en una casita en el barrio Sarmiento en la provincia de Córdoba… Un barrio tranquilo, gente sencilla con ganas de divertirse un rato, habíamos puesto unos cuartetazos de La Mona, cantábamos, tomábamos vino…-, dijo Salamanca.

Salamanca detuvo un instante su relato mientras bebía un sorbo de su café. No le había convidado una taza al funcionario de Milei, toda una señal de creciente hostilidad que alimentaba la tensión… La mirada perdida de Salamanca se dirigió entonces lentamente hacia el ventanal, observaba como el viento hacia remolinos de arena en la playa y de a poco tapaba el helicóptero hasta que el helicóptero no se lo vio más… En el horizonte, en la oscuridad rumorosa del oleaje del mar profundo, se empezaban a ver luces y explosiones y los reflejos a la distancia iluminaban el oscuro mar helado.

Siguió Salamanca.

-Tocaron el timbre y atendimos. Eran cuatro muchachos y un hombre mayor. Se presentaron como policías. -Te vinimos a buscar negro,- dijeron mientras mostraban sus armas. Me metieron en una camioneta y me llevaron a un depósito. Me torturaron toda la noche y cuando se cansaron uno de ellos tomó un hacha y me cortaron las piernas y los brazos para que no pudieran identificar el cadáver, dijo. Al final me rociaron con nafta y me quemaron vivo…- dijo Salamanca levantando por primera vez la vista observando un cambio súbito en el rostro de Tracio Leónidas que de repente comenzó a temblar, antes que Salamanca le diera el último sorbo a su café…

El ahora tembloroso funcionario de Milei había perdido ya su postura arrogante e intentó decir algo. Buscó cuidadosamente las palabras adecuadas para no aumentar la tensión. Porque estaba sólo y a nadie a quién recurrir o pedir auxilio en el fin del mundo.

-Yo soy un simple hombre que está trabajando, Salamanca. Me mandaron acá por razones administrativas, estamos trabajando señor…-. Su nerviosismo desbordaba mientras intentaba retroceder buscando la puerta de salida…. Usted tiene brazos y piernas y está vivo, tan solo eso es lo que vine a constatar señor Salamanca…-, dijo el ahora desesperado señor Tracio Leónidas.

-No estoy vivo. Estamos en el fin del mundo. Yo. Y usted también… Ubíquese un poco, caballero…-, dijo Salamanca…. Y agregó:

-Como dice el poeta, sólo pasarás este peaje si vienes a enseñar. Pero serás decapitado si bajo pretexto de gran explicador también pretendes robarte el corazón…

Salamanca se puso de pie. Lo miró y se dijo a sí mismo: el renacuajo se quedará sin cola en cualquier momento.


Una silueta arriba de una nube miraba...



La Hermandad de Paco, El Poeta / Ricardo Beyer.

 











 

La Hermandad de Paco, El Poeta.


A Paco Urondo


-Quieres saber con quién estuve anoche?-, dijo el Negro Sabino mientras buscaba una silla y se acomodaba en un rincón de la Mesa Redonda.

-No, no quiero saberlo, no me interesa-, le contestó Paco El Poeta, sin siquiera mirarlo al Negro Sabino.

-Bueno, pasemos a otro tema...-, dijo el Negro mientras se guardaba un papel prolijamente doblado en el bolsillo izquierdo de su pantalón.

Paco, el Poeta, el sensible temperamental fogonero de la Hermandad de Titiriteros “La Intemperie”, era un hombre que poseía una sensibilidad especial para los detalles y detectó al vuelo el movimiento intrigante del Negro Sabino en el momento preciso cuando guardó el papel en su pantalón. Eran épocas donde todos sospechaban de todos y cualquier gesto o movimiento fuera de lo natural causaba tensión.

La Hermandad estaba atravesando un momento de gran zozobra y preocupación debido a la violación de su sede de la Calle Constitución en el barrio de Boedo debajo de la Autopista, una casa abandonada oculta por una vegetación crecida y desprolija donde los vecinos del barrio a veces arrojaban la basura. Los intrusores no habían roto ni quemado nada, pero se habían llevado tres marionetas que los Hermanos Titiriteros valoraban mucho. La del Gordo Porcel, la de Patota Potente, ídolo de Boca hace unas décadas y la de Nicolino Locche, el Intocable.

Nicolino había dejado un testimonio desgarrador escrito con un marcador rojo en una pared un instante antes de ser sustraído.

La marioneta que soy tiene los hilos rotos…

Estaba escrito con letra nerviosa y urgente en la pared.

Este suceso dramático había conmovido a La Hermandad y se había convocado a esta reunión de urgencia. La desaparición de las marionetas fue interpretado por los Titiriteros como un mensaje cifrado cargado de violencia de parte de algunos inquietantes desconocidos. O no. Tal vez solo se trataba de algunos vagabundos que ocasionalmente encontraron tres muñecos y les gustó y se los llevaron.

-De qué otro tema querés que hablemos…-, dijo el el Negro Sabino con inocultable fastidio. -¿De si es mejor programa La Familia Falcón o Cosa Juzgada...-, para provocar El Negro Sabino. -¿Si el más grande es Palito o Juan Ramón…?- continuó diciendo. -Para mí el más grande, allá arriba en el altar de los dioses, lo tengo a Leo Dan y no se habla más…-, dijo el Negro Sabino mirándolo fijo a los ojos a Paco El Poeta.

-Leo Dan tiene escrita una sola única miserable melodía y la usa para todas las canciones pedorras que “compuso”-, dijo Paco, el Poeta, en tono burlón, desatando las carcajadas de los presentes y la ira simultánea del Negro Sabino que saltó como resorte y lo desafío al Poeta a boxear y de a poco comenzó a avanzarlo arrojándole trompadas al aire mientras lo puteaba al Jefe Paco en cuatro idiomas.

Se sentía demasiados nervios en el ambiente…

-No nos enfrentemos por boludeces entre nosotros. Ellos lo que quieren es dividirnos-, dijo Envar, El Libanés, un titiritero muy reconocida por sus colegas por sus concurridas performances como freestyler en el muy cool anfiteatro circular del paquete Parque Rivadavia, en Caballito, enfrente del tradicional superaristocrático pero muy timbero de madrugada Club Italiano.

A todo esto, El aguerrido musculoso Negro Sabino ya había tumbado a golpes al Poeta Paco y no paraba de golpearlo en el piso.

-Dame ese papel que te guardaste en el bolsillo, puto cagón, o te reviento a golpes ahora mismo!!!-, gritaba fuera de sí El Poeta Paco, a pesar de que estaba recibiendo una paliza histórica delante de todo el Consejo Directivo de la Hermandad .

-“Hablemos de otro tema, hablemos de otro tema…”. Sos un boludo. No era que no querías saber lo que decía el papel en mi bolsillo, Paquito, ja ja, sos un tarado de anaquel!-, gritaba exultante el eufórico Negro Sabino mientras esquivaba algunos desesperados manotazos defensivos del Paquito, buen poeta pero pésimo boxeador.

-Paren la mano, pelotudos. Pensemos, seamos inteligentes, no caigamos en la trampa del miedo y las supuestas amenazas. Por lo menos averigüemos bien qué pasó y después evaluemos los pasos a seguir-, dijo El Libanés en tono conciliador.

Se hizo un silencio, todos los titiriteros que intentaban separar al Negro y al Paquito se corrieron para atrás y los dos belicosos pugilísticos titiriteros se levantaron como pudieron mientras los demás alzaron las sillas y las cosas caídas al piso durante la trifulca y ordenaban un poco el lugar. El siguiente paso fue sentarse alrededor de la Mesa Redonda y ver cómo seguía la reunión.

-Lee lo que dice el papel Negro…-, sugirió Envar .

Se hizo un silencio que duró una eternidad. El Negro fue abriendo lentamente el papelito cuidadosamente doblado en múltiples pliegues y haciéndose el misterioso, leyó lo que sigue.


-Íbamos a hacer un asado en Puerto Madero y necesitábamos leña…-.


El mensaje iba acompañado de una foto en blanco y negro de Nicolino ardiendo bajo las llamas.




La estética kirchnerista es de clase media.


 







La estética kirchnerista es de clase media.

Una de las características del kirchnerismo es su pulcritud, su blancura, su elegancia, su aire citadino, su prolija moderna juvenil elegancia. Hay como una estética bien clase media en el kirchnerismo, que deja afuera esa estética más arrabalarera que es históricamente la estética pejota, más de barrio, de negro cabeza. Como que los morochos, los gremialistas de la CGT, los piqueteros, los punteros, son los “otros” que forman parte del movimiento. Una diferencia estética que no se ve únicamente en la ocupación de los cargos, sino fundamentalmente en la calle, unos y en las redes, los otros.

El kirchnerismo moviliza poco en relación a lo que moviliza la CGT o lo que históricamente movilizó el peronismo. Es en esas rendijas donde uno percibe dos peronismos. El que detesta el bombo y el gordo con sabor a mandarina en la boca y la panza al viento, que transpira y salta como un mono epiléptico con actitud amenazante. Y el otro peronismo. El de la gente poco estridente. Reservada. Pensante. Calculadora. Instruida. Por esas cosas y más allá de Alberto Fernández y su proclamada admiración por Raúl Alfonsín el kirchnerismo se parece estéticamente mucho más al alfonsinismo (y toda esa galería de gente tan cuidadosamente contenida) que al peronismo histórico.

De todos modos, a la hora de votar se vota.







 







Lo viejo hoy. El post populismo / Texto de Damián Selci.

El historiador Eric Hobsbawn afirmó célebremente que el siglo XX comenzó en 1917 con la revolución bolchevique y concluyó en 1989 con la caída del Muro. Lo que vino después, ¿qué nombre tiene? ¿Debemos llamar “siglo XXI” a la hegemonía estadounidense amenazada por el avance chino, a las experiencias populistas de izquierda o derecha, a la rampante dictadura del capital financiero?

En 1999, el filósofo Alain Badiou escribió: “para nosotros, filósofos, la cuestión no es qué pasó en el siglo, sino qué se pensó”. Y según él, lo que se pensó en el siglo XX fue la pasión de lo real –la vocación de llevar a la práctica, a la realidad efectiva, todo lo que en el siglo XIX había sido propuesta, especulación, imaginación (de ahí las revoluciones, las guerras y las vanguardias: era perentorio crear la vida nueva, el hombre nuevo, sin importar los costos).

Digamos que, para existir, un siglo tiene que tener una idea. No basta con hechos. ¿Y tenemos ahora una idea? Declarar la necesidad de “imaginar alternativas” al capitalismo financiero se convirtió en un lugar común de la política y de los sectores intelectuales. La pandemia de coronavirus ha generalizado la impresión de que es preciso pensar un nuevo mundo. Pero un nuevo mundo supone un nuevo pensamiento, que tendría que empezar por diferenciarse con nitidez del viejo pensamiento.

De manera que nuestra primera pregunta será: ¿qué es lo viejo hoy en política? Decir que es “el marxismo ortodoxo” sería de una comodidad inaceptable. La crítica y deconstrucción del marxismo ya lleva medio siglo de existencia en la filosofía. Tal vez debamos cometer una primera osadía y proponer que lo viejo “hoy” más bien es el posmarxismo, el posestructuralismo de izquierda o, para decirlo todo, su mejor conclusión: el populismo.

Como sabemos, el prestigio populista creció porque esta teoría supo reemplazar en varios aspectos a la doctrina marxista clásica, poco después de que las ruinas del socialismo real comenzaran a poblar los museos de Occidente. Tuvo, además, una excelente sincronía con el ascenso de los movimientos populares latinoamericanos.

Pero siempre estuvo claro para Laclau que el populismo no indicaba por sí mismo un horizonte más allá del capitalismo. Más bien habría que reconocer que dicha teoría da por sentado el marco hegemónico del capital. La confrontación de “los de abajo versus los de arriba” suministra una formulación útil y persuasiva en términos de lucha política concreta, pero resulta poco idónea para el largo plazo. Como han notado muchos críticos, se presta a tergiversaciones y desviaciones. ¿No hizo Trump su campaña luchando contra las supuestas élites progresistas de Wall Street?

Pero el auténtico déficit de la teoría del populismo estriba en que, como constituye una táctica de acumulación política sin programa político de fondo, no puede ofrecer una imagen del futuro. No hay ninguna indicación en la teoría populista de lo que sería la sociedad emancipada. El populismo crea un pueblo en cuanto articula demandas sociales. Pero esto no resulta descriptivo, y suena a poco.

¿Cuáles son concretamente estas demandas? La teoría populista no lo dice. O más bien da a entender esto: que pueden ser cualquiera. En principio, ninguna demanda está per se inhabilitada para formar parte de la cadena de equivalencias que, según La razón populista, forma a un pueblo. Pero salta a la vista que ser cualquiera no es ser un programa de transformación profunda; más bien equivale a la ausencia de este programa, que habrá que buscar en otro lado…

Dicho mal y pronto: como una vez caído el marxismo no sabemos realmente qué queremos, nos dedicamos a ver “qué quiere la gente” y hacemos política a la carta. Ajustemos la formulación: el protagonismo teórico de la “articulación de demandas” oculta la triste evidencia de que carecemos de programa. Lo que no hemos pensado como militantes –cuál es el objetivo de nuestra política produce directamente la reificación de “lo que quiere la gente”.

En otros tiempos esto se llamaba hacer seguidismo; en todo caso es perceptible que, como no hay programa, el objetivo de la praxis ya no puede ser la transformación, sino sólo la reforma: la política consiste así en responder a las demandas, no en transformarlas.

La ecuación o la sinonimia en juego podría resumirse así: carencia de programa = enaltecimiento de las “demandas” = reformismo = aceptación teórica del triunfo capitalista.

Diremos “aceptación teórica del triunfo capitalista” porque en realidad todo el problema radica ahí. Que el capitalismo se mantenga victorioso en el mundo es un hecho indiscutible, pero sólo un hecho. No hay por qué sostener la derrota en el plano de la teoría. En este nivel es que debemos comenzar a rechazar el reformismo: puede que de momento no podamos ir más allá de él en la práctica, pero nada impide que ya mismo seamos totalmente radicalizados en la teoría. Que ante la devastación neoliberal sea preciso llevar adelante “políticas de cuidado” con presencia del Estado de ninguna manera implica que nuestro marco conceptual también deba quedar a la defensiva.

Aclaremos algo: no caben dudas de que incluso el reformismo más tenue puede requerir de luchas heroicas. Nada resultaría más insípido que criticar, desde la seudo-izquierda autodenominada marxista o trotskista o autonomista, los valiosos avances de las luchas populares latinoamericanas de este siglo, en nombre de una Revolución que en sus panfletos no es más que letra muerta. Pero tampoco parece forzoso conformarse con la cortedad teórica de los objetivos populistas. Más distribución del ingreso, más derechos… Está bien, pero digámoslo: no es totalmente emocionante. ¿Habrá que retomar el poder en Brasil para hacer lo que ya hizo Lula? ¿Evo deberá volver a Bolivia para rearmar lo que desarmó Añez? ¿Alberto Fernández deberá limitarse a restaurar lo que Macri echó a perder?

Parece claro que si no extendemos el horizonte de lo que queremos, de nuestros propósitos, la política podría comenzar a carecer de interés, lo que daría mucha fuerza al capitalismo y nos debilitaría más a nosotros. Notemos que el neoliberalismo, por su parte, no deja de inventar e improvisar. Se siente a gusto con nuestra falta de pretensiones. Hay que recordar que el Estado de Bienestar fue la concesión del capital a los trabajadores para evitar el avance del comunismo. No se llegó directamente al Estado de Bienestar: hubo que pasar por el miedo capitalista. Pero si no tenemos teoría, nunca daremos miedo.

Citemos tres versos del poeta peronista Leónidas Lamborghini: “COMPRENDE / QUE ES IMPORTANTE / QUE TE TEMAN!”. Tal vez haya una lección en estas palabras.

Lacan tituló uno de sus seminarios con una expresión que deberíamos poner al lado de la de Lamborghini: “los no-incautos yerran”. ¿No estamos equivocándonos en política hace ya mucho tiempo por un exceso de cautela? Quizás haya que considerar que el peor peligro está en la precaución, y no en el arrojo; quizá sirva recordar, con Hegel, que el miedo al error es el error mismo.

Si lo que estamos viviendo no podría ser llamado sin más “la era del capitalismo triunfante”, entonces ya no hay razones históricas para acotar el alcance de nuestras utopías. En otras palabras: faltando por completo la evidencia del éxito capitalista en la gestión social, parece claro que tenemos la chance de pensar todo de nuevo. La teoría del populismo se queda corta. Podemos ir muchísimo más lejos. Deberíamos hacerlo, porque somos militantes y para algo estamos: para aprovechar la oportunidad.

Necesidad de una subversión teórica del siglo.

Naturalmente, no podemos volver al viejo marxismo como si nada. Eso no le daría miedo a nadie. Eso no sería ser, como pedía Lacan, incautos. La deconstrucción ha operado una crítica de todos los supuestos metafísicos de la teoría marxista y no tiene sentido volver atrás. La nueva teoría no puede caer en lo que se ha motejado como “esencialismos” (de clase, de género, identitarios o culturales). Y a la vez, tiene que poder formular objetivos utópicos grandes, importantes, movilizantes, temerarios. De esos que posestructuralistas como Lyotard o Bauman habían decretado imposibles, o inactuales.

Para calibrar la dificultad, pongámosla en estos términos. Debemos mantener el “antiesencialismo” de la teoría posestructuralista del populismo (vale decir, la negativa a considerar que el sujeto emancipatorio es una “sustancia” o esencia que preexiste a la lucha política misma) y a la vez el osado carácter revolucionario del marxismo (el hecho de que propone una alternativa concreta al capitalismo). ¿Es posible concebir una teoría así para el siglo que comienza?

Demos un salto de fe y propongamos: de existir, ella sería la teoría de la militancia. Su programa no consiste tan sólo en la socialización de la riqueza (como en el ideal comunista) ni en la satisfacción de demandas (como en la promesa populista) sino principalmente que todos y cada uno se conviertan en militantes. Lo más elevado, lo más espiritual, no es un mundo sin demandas por satisfacer, sino un mundo donde todos asumen la responsabilidad absoluta por la vida en común. Es, hablando con precisión, una vida no-individual donde ya no puedo distinguir entre “mis” asuntos y los de otro, de manera que se cumple políticamente la sentencia de Rimbaud: yo es otro, y asimismo la de Cristina: la patria es el otro. Hacerme cargo de lo otro como si fuese mío, precisamente porque yo es otro, tal es la utopía perfectamente “anti-esencialista” que podemos comenzar a formularnos. No tiene mayor interés que la militancia se ocupe de resolverle los problemas al pueblo o a la clase, sea mediante un orden socialista eficaz, un capitalismo de rostro humano o el sistema que se prefiera. Lo interesante, lo propio del nuevo siglo, sería más bien que la militancia haga del pueblo un militante. No alguien que demanda, sino alguien que se hace cargo de sus asuntos y sobre todo de los asuntos de otros. Quizá lo que anhelamos no es alcanzar un “nuevo orden” donde todo funcione mágicamente bien (gracias a una eficiente burocracia anónima), sino una organización permanente donde cada quien responda por problemas que no son solamente “los suyos”. Quizá no buscamos un nuevo paternalismo que resuelva las dificultades dejando en la sana ignorancia al pueblo sobre la trastienda de las decisiones; quizá buscamos que todos sean militantes capaces de asumir responsabilidades comunitarias y de transmitirlas a su vez. No se trata de sacrificarse por otro, se trata de lograr en mí (que es otro) la responsabilidad. La utopía de la militancia es la responsabilidad por la responsabilidad del otro.

Hay que terminar también con la lógica de la representación, en la que marxismo y populismo finalmente coincidían.

Repasemos este problema rápidamente: en la teoría marxista (al menos en su versión ortodoxa), el partido representa a la clase.|Se legitima invocándola y se da por supuesto que ella, siendo una|sustancia identificable en el campo social, tiene determinados “intereses” que le serían “propios” y que no estaría pudiendo alcanzar por sí misma. De ahí la necesidad de un representante idóneo. Pero la deconstrucción ya ha terminado con semejantes antiguallas. No hay tal cosa como una clase que tendría “sus propios intereses” y que debiera ser representada para realizarlos.

Y no solo porque el mundo del trabajo ha mutado hasta tornar irreconocible al célebre proletariado invocado por Marx y Engels; más genéricamente, sucede que la misma existencia de algo como un sujeto pre-político (la clase obrera) constituye un prejuicio inaceptable en la era de la deconstrucción, donde toda entidad sólo adquiere identidad de manera relacional y política.

Ahora bien, y aceptando estas razones, acá surge un interrogante sensato: ¿cómo hacer política, si no hay ya a quien representar? ¿Qué es hacer política si descartamos la idea de que haya un Sujeto que puje románticamente por expresarse?

La ingeniosa solución de Laclau consiste en decir: es cierto, no hay un sujeto que esté dado como algo existente por sí mismo, como una sustancia… pero lo que se puede hacer es construirlo (mediante la articulación de demandas insatisfechas). Esto es precisamente el pueblo: una construcción política. La consecuencia será que el líder populista representa a un sujeto que no preexiste a la representación, sino que “ontológicamente” es producido por ella. Hay buenas noticias, entonces: se puede hacer política sin el prejuicio metafísico de que representamos a una sustancia –lo que representamos es, más bien, una construcción retórica que nace mediante el mismo movimiento en que es representada…

Pese a la elegancia del procedimiento de Laclau, queda claro que la lógica prevaleciente sigue siendo la representación. Y el problema con ella no es que nos haga perder la fuerza mística de la auto-presencia del sujeto (lo que sería una presuposición metafísica que, luego de Derrida, resulta inaceptable). El problema no es el que atormentaba a Rousseau: que el representante pueda traicionar al representado. No, la cuestión presenta un inconveniente muy distinto: la representación salva la Inocencia del sujeto y, por ende, lo despolitiza. El sujeto representado (la clase obrera, el pueblo, los indígenas o quien fuere) siempre podrá eximirse de las consecuencias negativas de la representación. Siempre podrá decir: “yo no quería esto; mis representantes me fallaron”. Podrá, en consecuencia, no hacerse cargo de los costos de la representación.

La razón es muy simple: el representado no hace política (si la hiciese, sería representante de sí mismo, lo que torna superfluo al concepto). La política ha de ser delegada en el representante y el representado, invocando la alienación de la voluntad, se mantendrá a-político. Y este resultado debe calificarse de fastidioso y triste. El pueblo no hace política. Es Inocente. Siempre que haya representación política, el representado será inocente y limpio, y el representante será culpable y sucio. La sabiduría cualunque según la cual “la política es sucia” expresa una consecuencia inevitable de la representación. ¿Por qué? Porque representar es estar en lugar de otro; no ser el “auténtico”, u original, sino ser otro; por ende, ser impuro, engañar, ser sucio.

Por eso la militancia ofrece otro modelo de acción política: si el partido es representación de otro, la militancia consiste en la presentación del otro. La militancia no busca representar al pueblo, busca la presentación del pueblo. No acepta ninguna delegación. Su acción es la convocatoria, la sumatoria, el encuadramiento, la organización. Ahora bien: cuando el pueblo se presenta, está haciendo política, vale decir, está procediendo como militante. Cuando el pueblo toma la acción en sus manos ya no es “pueblo” en el sentido populista (articulación de demandas insatisfechas). Deviene militancia: las demandas caen en él mismo, la política la hace él, el éxito o el fracaso deja de ser delegable, la Inocencia se hunde y emerge la responsabilidad absoluta.

Acá encontramos un primer rastro de la subversión teórica: la militancia no está al servicio del pueblo, sino al servicio de convertir al pueblo en militante. Un militante es lo que representa al sujeto para otro militante. O sea: la militancia consiste en la producción de sí misma. Y esta producción no es solamente muy valiosa en aras de aunar fuerzas contra el enemigo. Es, de por sí, el objetivo utópico más elevado que se podría imaginar: que todos y todas, cada uno y cada una sean militantes. Que dejen la mera Inocencia de ser representados mejor o peor, y que se presenten. Que asuman la responsabilidad por asuntos que no son directamente los “suyos”. Que no vivan como individuos sustanciales: que vivan la vida no-individual. No se trata ya –como lo fue, comprensiblemente, para Marx– de admirar el progreso ilimitado de la técnica liberada de las estrecheces burguesas o de vivir sin trabajar. Lo más espiritual no sería una humanidad con los problemas resueltos para siempre (¿qué puede significar eso?), sino una humanidad absolutamente responsable; cada vez más política, cada vez más politizada. Y lo absoluto de la responsabilidad es: responder por lo otro, por lo que no es mi asunto, por lo que no decidí yo, más allá de la inocencia y la culpa.

¿No tenemos acá algo significativamente más digno que la vida que oferta el capitalismo tardío? Digamos sucintamente que la vida actual, la vida sin causas, la vida normal del neoliberalismo, es horrible. Mark Fisher la caratuló como “hedonismo depresivo”. Es un individualismo de la impotencia navegando sin rumbo por servidores de internet, que no deja de encontrarse siempre a sí mismo en la asfixiante intimidad de su monoambiente yoico. Es la claustrofobia neoliberal de tenerse a sí mismo por único fin y por único medio. Y, ciertamente, la militancia ofrece algo mejor que este sedentarismo psíquico estilo Black Mirror, donde las redes “sociales” son en verdad redes narcisistas –donde yo, por ser nada más que yo, soy este ser finito, restringido, llamado a morir y nada más… Para decirlo con términos filosóficos, la existencia del individuo neoliberal es mera finitud: yo soy este cuerpo finito, delimitado, con el que experimento placeres hedonistas y con el que necesariamente me deprimo, ya que deprimirse es no poder salir de mí, no poder salir de casa o de la cama, no poder exponerme, no hacer la experiencia de lo otro. En cambio, y muy por el contrario, la vida no-individual o del otro es (por no ser mía) infinita.

Puede ser útil remitirse al último apartado de Lógicas de los mundos, “Qué es vivir”, donde Badiou distingue sin más entre la vida y la existencia. Existir es el mero tener-lugar (lo que se puede traducir como hedonismo depresivo), pero vivir es incorporarse al proceso de una verdad infinita. “No basta con identificar una huella [del acontecimiento]. Hay que incorporarse a lo que ella autoriza como consecuencias. La vida es creación de un presente, pero esta vida es, como lo es para Descartes el mundo con respecto a Dios, creación continua”. Subrayemos esta creación continua porque ella nos muestra la infinitud eternidad de la vida: ella está siendo creada cada vez, y constantemente, en la producción de las consecuencias de la huella acontecimiental…

Unas líneas más adelante, Badiou cita la famosa frase de Spinoza: “Sentimos y experimentamos que somos eternos”. La misma referencia hace Perón en La comunidad organizada. ¿No está acá anunciado el programa político más fabuloso posible: la Eternidad, el paraíso en la tierra? ¿Cómo no habríamos de querer una vida que venza a la muerte, es decir, al tiempo? Suena otra vez con renovado brillo el enunciado más importante de Perón, “la organización vence al tiempo”: es como si la perfección de esta sentencia hubiese cumplido su contenido, y ella misma estuviese venciendo desde entonces al tiempo. Es como si la vida no-individual, a diferencia de la otra, pudiera no morir. La vida es creación continua, mientras que la existencia sólo estaba “dada”. La vida es una categoría de la praxis, su propósito o finalidad. No tenemos una vida, salvo que nos dediquemos a crearla.

Militamos para crear una vida no-individual. ¿Qué otro propósito podríamos tener? Una vida que vaya más allá de la existencia, no en el sentido de una trascendencia religiosa o mística, sino una vida que no se reduzca al mero hecho de tener-lugar. Y por supuesto que para que la vida sea no-individual debe ser de otro. Estas cosas no se logran solo. Lo hemos dicho: solo, yo soy una sustancia individual finita, una res cogitans o un hedonista depresivo. En cambio, la eternidad de mi vida está en el otro, porque yo es otro. De manera que el proceso de la vida no-individual tiene que cumplirse en cada no-uno y en cada no-una. Si pienso, existo, pero si milito, vivo.

Con la vida no-individual vuelve a ganar relieve la concepción de la militancia como la responsabilidad por la responsabilidad del otro, y por lo tanto como organización. Esto es: para que mi vida sea no-individual, debe serlo la del otro. Y la no-individualidad no es una propiedad o un atributo. Es la responsabilidad absoluta como desborde de la individualidad…

Para sintetizarlo: mi vida considerada como mera existencia sería individual, pero como me veo convocado por la responsabilidad absoluta se torna no-individual. La responsabilidad es el no de la no-individualidad. Sin responsabilidad mi vida sería irresponsable, o sea, inocente o culpable. Sería lo que sería. Una existencia, que meramente es. Confinada en sus límites, no conoce sino la finitud, lo atribuido, lo propio, la muerte. Pero la vida no-individual es infinita, por cuanto no podría ser confinada: en cuanto preguntamos por ella, es otra. De manera que es inatrapable o lo que es igual: libre. Sólo la organización es duración, sobrepaso de la finitud y así eternidad. La vida no-individual no es el hombre nuevo: es la vida nueva, más allá de la muerte, del tiempo, de la finitud, de la historia.

¿Qué pensar?

Hay mucho qué pensar en el nuevo siglo, siempre que admitamos que la época de la “crítica del marxismo” ha terminado. Lo que conocemos por “posestructuralismo” consistió en una larga crítica heideggeriana de los supuestos metafísicos del pensamiento de Marx. Ese proceso cumple hoy aproximadamente cincuenta años. La salida de la dialéctica materialista fue en su momento muy redituable para la filosofía. Las grandes obras de Deleuze, Derrida y Foucault son prueba de ello. Y hubo todavía tela para cortar en sus continuadores. La caída del socialismo a principios de los 90 de algún modo debió cerrar el proceso crítico, precisamente al confirmarlo. Pero desde entonces pasaron treinta años sin mayores avances en la teoría política. Seguir deconstruyendo a Marx, como lo hacían Laclau y Mouffe en 1985, comienza a resultar improcedente o poco novedoso.

La botella de la “crítica antiesencialista”, que emborrachó a dos generaciones de filósofos, ha quedado vacía. Es quizá testimonio de ello la aparición del “nuevo realismo especulativo” de Quentin Meillassoux, Graham Harman o Markus Gabriel, que expresa el hartazgo con las limitantes posmodernas y reivindica un acceso ontológico o metafísico a “las cosas en sí” –justamente, lo que estaba proscrito en la filosofía dominante. Es en todo caso generalizada la impresión de que el posestructuralismo cumplió un ciclo.

En lo que concierne a la reflexión política, la urgencia de pasar a otra cosa se torna incluso fatal. Porque, como dice Badiou, la filosofía piensa bajo condiciones, y si la condición política es mediocre, la filosofía también lo será. En otros términos: pensar sin horizonte emancipatorio plausible nos lleva a este lánguido criticismo post-todo que parasita la antigua gloria de las filosofías de la diferencia y ahora no tiene nada para decir. ¿De qué sirve repetir, como Jameson, “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”? Esta constatación sólo podría ser válida como encabezado de un libro que se ocupara de imaginar el fin del capitalismo y el advenimiento de una nueva vida, más elevada y mejor. Pero los intelectuales promedio de hoy sólo repiten o prolongan la frase de Jameson sin agregarle ningún contenido extra. Y es perceptible que esta falta de novedad procede del divorcio de los intelectuales respecto de la política concreta.

De modo que tenemos dos déficits conexos: una política sin horizonte (más allá de continuar el reformismo) y una teoría sin expectativas (más allá de continuar la deconstrucción). Ni la praxis ni la teoría se sienten inspiradas una por la otra. El resultado es que tenemos una política solamente moderada y una filosofía solamente crítica.

Declaremos, por fin, que no es una tarea generacional “pensar los límites del marxismo”. Lo que sí constituye una tarea acorde al nuevo siglo es concebir una utopía concreta, teóricamente sofisticada, políticamente movilizante, que vuelva a darle miedo al capitalismo y a entusiasmar a los demás. Esta misión no podríamos remitírsela a los intelectuales críticos contemporáneos. Esta misión, en suma, concierne más bien a la militancia, porque la utopía es más militancia, y la revolución consumada sería que todos militen: que cada uno sea otro o para otro; que termine la edad de la Inocencia popular (la demanda, la representación) y comience la historia de la responsabilidad (la presentación, la organización). Esto es lo que proponemos pensar. Y para no herir susceptibilidades aclaremos que la militancia no constituye ninguna imposición. A la inversa. Es la posibilidad del siglo





Eva / María Elena Walsh.


 











Eva. María Elena Walsh



Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedó sin madre llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra sufrían rencorosos por decreto y el órgano por Radio del Estado hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías encargaba a París rayos de sol.

La cola interminable para verla y los que maldecían por si acaso no vayan esos cabecitas negras a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado, rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla "amémonos".

Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte más muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas, visones ofrendados por el pueblo, sandalias de oro, sedas virreinales, vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis, rumiando venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras gimiendo en el cordón de la vereda.

Lágrimas enjuagadas con harapos, Madrecita de los Desamparados.

Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lágrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada más que un gran castigo.

Se pintó la República de negro mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi, no me vendieron esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52 ¿Qué importa donde estaba yo? No descanses en paz, alza los brazos no para el día del renunciamiento sino para juntarte a las mujeres con tu bandera redentora lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra? Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras, las madres incesantes, las rameras, las que te amaron, las que te maldijeron, las que obedientes tiran hijos a la basura de la guerra, todas las que ahora en el mundo fraternizan sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila y huyas de las estampas y el ultraje empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva, única reina que tuvimos, loca que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas y las violadas en los teleteatros y las que callan pero no consienten arrebatemos la liberación para no naufragar en espejitos ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia el tiempo habrá pasado en limpio tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste, fanática, leal, desenfrenada en el candor de la beneficencia pero la única que se dio el lujo de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta aunque nos amordacen con cañones.



miércoles, 19 de febrero de 2025

Montoneros.

 













Montoneros fue uno de los tantos intentos planificados por la derecha argentina y la CIA para debilitar el peronismo. Suena simplista y exagerado, máxime teniendo en cuenta el nivel de organización y capacidad de movilización que supo tener Montoneros. Pero no. Predomina en mí una mirada bastante conspirativa. Hay motivos para pensarlo así.

Lo que siempre preocupó a la derecha, para mi modesto punto de vista, fue la solidez y perdurabilidad en el tiempo de la capacidad organizativa de la clase obrera. La organización de la clase era el enemigo de la derecha. Una jugada estratégica histórica de Perón. La organización vence al tiempo.

Perón no necesitaba Montoneros para presionar a los militares. Para nada. Nada es nada. La presión verdadera eran los sindicatos, las fuerzas del trabajo y la producción, que mantuvieron todo el tiempo su capacidad organizativa, aunque muchas veces clandestinamente y negociando traidoramente también, como la imagen de un espiral que avanza y retrocede y vuelve a avanzar, pero que nunca cesa de ser, siempre está. La así llamada resistencia peronista.

En 1976 la CIA y la derecha argentina tuvieron la excusa para acabar con el gobierno peronista y de paso exterminar salvajemente toda una generación de luchadores sociales. Pero no pudieron destruir los sindicatos. Para los historiadores, cuanto más amplio sea el ciclo histórico, como enseña Braudel, más clara va a ser la interpretación de este capítulo de la lucha de clases en la Argentina.


La Teoría de la Insubordinación fundante / Juan Marcelo Gullo Omodeo.


 











La Teoría de la Insubordinación fundante. Análisis histórico del origen del desarrollo de las grandes potencias. Los casos de Estados Unidos, Alemania, y Japón / Juan Marcelo Gullo Omodeo / Universidad Nacional de Lanús – UNLA, Argentina


Resumen. La teoría de la insubordinación fundante sostiene que todos los procesos emancipatorios exitosos, que todos los procesos de construcción de soberanía real y todos los procesos de desarrollo que lograron resultados positivos fueron el resultado de la insubordinación fundante, es decir, de una insubordinación ideológica contra el orden ideológico establecido por el poder dominante, más un impulso estatal adecuado que permite que el poder (los elementos de poder tangible e intangible de un estado) se convierta en un acto. La primera potencia que construyó un orden ideológico destinado a inhibir la construcción del poder nacional de otros estados y a inhibir el desarrollo de otras naciones fue Gran Bretaña a través de la predicación de la teoría de la división internacional del trabajo y el libre comercio. De ahí que la construcción del poder nacional y el desarrollo económico estuviera vinculada, a partir de entonces, al rechazo de la división internacional del trabajo y del libre comercio. Para demostrar nuestra hipótesis, en este artículo se analizan los casos de Estados Unidos, Alemania y Japón. Palabras claves: Desarrollo; Geografía política; Impulso estatal; Insubordinación fundante; Insubordinación ideológica; Subordinación ideológica.

Introducción.

Una de las cuestiones más llamativas pero, a su vez más ignoradas de la historia de la economía internacional, se refiere al hecho de que, a partir de su industrialización, Gran Bretaña pasó a actuar con deliberada duplicidad. Una cosa era lo que efectivamente había realizado – y realizaba – en materia de política económica para industrializarse y progresar industrialmente y otra, aquella que, ideológicamente, propagaba, con Adam Smith y otros voceros. (Algo similar a aquello que, actualmente, hacen los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Corea del Sur y China). Inglaterra se presentaba al mundo como la patria del libre comercio, como la cuna de la no intervención del estado en la economía cuando, en realidad, había sido, en términos históricos, la patria del proteccionismo económico y del intervencionismo estatal.1

El estudio de la historia de la economía inglesa demuestra que la industrialización británica, incipiente desde el Renacimiento Isabelino y fuertemente desarrollada desde fines del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, tuvo, como condición fundamental, el estricto proteccionismo del mercado doméstico y el conveniente auxilio del Estado al proceso de industrialización.2 Obtenidos para sí, los buenos resultados de esa política, Gran Bretaña se esmeró en sostener, para los otros, los principios del libre cambio y de la libre actuación del mercado, condenando, como contraproducente, cualquier intervención del Estado.

Imprimiendo a esa ideología de preservación de su hegemonía, las apariencias de un principio científico universal de economía logró, con éxito, persuadir de su procedencia (subordinar ideológicamente), por un largo tiempo a los demás pueblos que, así, se constituyeron, pasivamente, en mercado para los productos industriales británicos permaneciendo como simples productores de materias primas. De esa forma la subordinación ideológica – en las naciones que aceptaron los postulados del libre comercio, como un principio científico de carácter universal – se constituyó en el primer eslabón de la cadena que las ataba y condenaba al subdesarrollo endémico y a la subordinación política, más allá de que lograran mantener los atributos formales de la soberanía (Gullo, 2008, 2012).

A partir de entonces, para que cualquier intento de superar el subdesarrollo y la dependencia política – emprendido por cualquier unidad política sometida a la subordinación ideológica británica fuese exitoso, debía partir, necesariamente, de la ejecución de una “Insubordinación Fundante”, es decir de la puesta en marcha de una insubordinación ideológica – consistente en el rechazo de la ideología de dominación difundida por Gran Bretaña: el libre comercio. Insubordinación que debía ser complementada con la aplicación de un adecuado impulso estatal (proteccionismo económico, inversiones públicas, subsidios estatales cubiertos o encubiertos), que pusiese en marcha, el proceso de industrialización (GULLO, 2008, 2010a, 2010b, 2012, 2014a, 2014b, 2018).

Fue, ciertamente, gracias a la realización de sus respectivas Insubordinaciones Fundantes que, Estados Unidos, Alemania y Japón, en el transcurso del siglo XIX, tanto como China o Corea del Sur, durante el siglo XX, lograron superar el subdesarrollo, industrializarse y convertirse en países efectivamente autónomos.

Esta hipótesis la hemos demostrado en nuestras obras, La Insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones, publicada en Buenos Aires en 2008; Le temps des Etats continentaux. Les nations face à la mondialisation: situation des pays latino-américains, editada en Paris en 2010; La costruzione del Potere: Storia delle nazioni dalla prima globalizzazione all’imperialismo statunitense publicada en Florencia en 2010; Insubordinación y Desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones impresa en Buenos Aires 2012; Insubordinazione e Sviluppo. Appunti per la comprensione del successo e del fallimento delle nazioni, publicada en Roma en 2014 y, en Relaciones Internacionales. Una teoría crítica desde la periferia Sudamérica, editada en Buenos Aires en 2018.

Hay, entonces, una falsificación de la historia – construida desde los centros hegemónicos del poder mundial – que oculta el camino real que recorrieron las naciones hoy desarrolladas, para construir su poder nacional, y alcanzar su actual estado de bienestar y desarrollo (CHANG, 2009, 2009) (GULLO, 2008, 2012, 2018) (REINERT, 2007) (SEVARES, 2010) (TOUSSAINT, 2007).

La falsificación de la historia realizada por las grandes potencias, oculta que todas las naciones desarrolladas llegaron a serlo, renegando de algunos de los principios básicos del liberalismo económico, en especial el de la aplicación del libre comercio, es decir, aplicando un fuerte proteccionismo económico pero hoy, aconsejan, hipócritamente, a los países en vía de desarrollo o subdesarrollados, la aplicación estricta de una política económica ultraliberal y de libre comercio, como camino del éxito.

2. La Insubordinación Fundante en los Estados Unidos.

Es justamente esa falsificación de la historia la que oculta que, Inglaterra, fue la cuna del proteccionismo económico y que, los Estados Unidos, fueron la patria del nacionalismo económico. Hasta 1860, los Estados Unidos, poseían todas las características de un país periférico. Su balanza comercial era, generalmente, desfavorable. En la década de 1850, los Estados Unidos, exportaban mercaderías por valor de 144.376.000 millones de dólares e importaban mercaderías por valor de 172.510.000 millones de dólares. En la década de 1860, las exportaciones sumaban 333.576.000 millones de dólares y las importaciones llegaban a 353.616.000 millones de dólares (Underwood Faulkner, 1956). El 50 por ciento de sus importaciones consistía en artículos manufacturados y listos para el consumo. Al igual que a cualquier país latinoamericano, Inglaterra le suministraba la mayor parte de las importaciones y absorbía casi la mitad de sus exportaciones. Las compras europeas se limitaban, casi enteramente, a las materias primas. Estados Unidos era, fundamentalmente, un país exportador de materias primas sin elaborar e importador de productos industriales. Era un país agrícola exportador, casi “mono-exportador”. En términos actuales, un país “algodón-dependiente”. Después de la invención de la desmotadora, el algodón se convirtió en el principal artículo de exportación y, alrededor de 1860, constituía el 60% de las exportaciones de los Estados Unidos. A fines de 1850, las exportaciones manufacturadas sólo ascendían, aproximadamente, a un 12 % sobre el total exportado por los Estados Unidos y se dirigían, principalmente, hacia regiones subdesarrolladas como México, las Antillas, América del Sur, Canadá y China. Es decir que los productos primarios constituían el 82% de los productos exportados por los Estados Unidos. Ese 82 % estaba compuesto de algodón, arroz, tabaco, azúcar, madera, hierro y oro proveniente de California que había sido arrebatada a México en 1848 (GULLO, 2008).

El análisis histórico objetivo no deja duda alguna de que, después de la finalización de la Guerra Civil, los Estados Unidos rechazaron frontalmente el libre comercio y adoptaron, decididamente, como política de Estado el proteccionismo económico, y que, gracias a este sistema, protagonizaron uno de los procesos de industrialización – por su rapidez y profundidad – más asombrosos de la historia. En 1875, los aranceles para productos manufacturados oscilaban entre el 35% y el 45%. Recién en 1913, hubo una disminución de los aranceles, pero la medida fue revertida, apenas un año más tarde, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. En 1922, el porcentaje pagado sobre los bienes manufacturados de importación, subió un 30%. En 1925, la tasa arancelaria promedio sobre los productos manufacturados era de un 37% y, en 1931, de un 48%.

Convertidos, luego de la Segunda Guerra Mundial, en la más grande potencia industrial del mundo, en la economía industrial de más alta productividad y, estando, tanto el aparato industrial europeo como el japonés, destruidos, Estados Unidos, – tal como lo había predicho el presidente Ulises Grant –, después de haber usufructuado del proteccionismo económico, después de haber obtenido del régimen protector todo lo que éste pudo darle, adoptó el libre cambio y se convirtió en el bastión intelectual del libre comercio. Aunque todavía en 1960, Estados Unidos mantenía un arancel promedio del 13%.

3. La Insubordinación Fundante en Alemania.

Es justamente, esa falsificación de la historia, la que oculta que, la hoy orgullosa nación alemana fue, hasta 1834, con la creación del Zollverein (Unión aduanera), una subdesarrollada colonia informal de Inglaterra. Todavía en 1834, el 72% de la población de Alemania vivía de la tierra. (DROZ, 1973:133). Tan irritante para los intereses británicos consideró Londres el proceso de proteccionismo e integración económica iniciado con el Zollverein – a pesar de que la tarifa externa común era todavía relativamente baja – como para que, hacia 1840, el investigador John Bowring, fuese enviado a tantear la fortaleza de la nueva unión. (DERRY y WILLIAMS, 2000). Oficialmente, Gran Bretaña envió al prestigioso doctor Bowring a Alemania, con el objetivo de convencer a los alemanes para que abrieran su mercado a las manufacturas inglesas, a cambio de concesiones a favor de los cereales y las maderas de Alemania, de un modo análogo a lo sucedido con los vinos y aguardientes franceses, en 1834.3 A tal efecto, John Bowring elaboró un informe que tendía a demostrar que, la industria alemana era protegida a costa de la agricultura, perjudicando al consumidor alemán, que las medidas proteccionistas habían dado una dirección equivocada a muchos capitales, perjudicando los intereses agrícolas, que la agricultura, en Alemania, era la rama más importante de la producción.

Digamos al pasar que, paradójicamente, los argumentos esgrimidos por Bowring en 1834, son los mismos argumentos que hoy utiliza la elite política-académica alemana para convencer a los países en vía de desarrollo para que abran sus economías a los productos industriales alemanes y no apliquen ninguna medida de carácter proteccionista.

Tan exitoso fue el proteccionismo económico aplicado por Alemania que, en 1865, Alemania logró ocupar el segundo lugar en la producción mundial de acero y sólo era superada por Gran Bretaña, siendo “escoltada” por Francia y los Estados Unidos (GULLO, 2008).

La reescritura de la historia del capitalismo alemán no da cuenta hoy día de que, el despegue económico, iniciado por el Zollverein (1834), fue apuntalado por la Seehandlung – especie de banco de fomento industrial bajo control absoluto del Estado – que desempeñó un papel capital en la financiación y pertrechamiento de la industria y que, fue la Seehandlung, la que impulsó el Zollverein, y eso a pesar de la resistencia de una parte importante de la población. (DROZ, 1973). Hoy los académicos alemanes tienden a olvidar, con gran facilidad que, a través de la Seehandlung, los industriales alemanes tuvieron la oportunidad de acceder a un financiamiento de largo plazo y bajo interés que, de otro modo – es decir, en lo que actualmente denominamos condiciones de mercado – jamás habrían podido obtener. (GULLO, 2008) Menos quieren recordar – los intelectuales alemanes – que, cuando en 1890, el gobierno alemán elevó considerablemente los aranceles, Alemania comenzó a vivir una segunda ola de industrialización que multiplicó por cinco su producción de artículos manufacturados.4

4. La insubordinación fundante en Japón.

Es justamente, esa falsificación de la historia, la que también oculta que el desarrollo industrial del Japón, fue el resultado de una planificación estatal centralizada (GULLO, 2008). Hoy los académicos japoneses han curiosamente olvidado que el estado japonés, a partir de la Revolución Meiji (1868), creó y administró todas las primeras grandes industrias y que, hasta 1884, en Japón existió un solo actor que realizaba los estudios de factibilidad, construía las fábricas, compraba las maquinarias y administraba las empresas creadas: el Estado (Gullo, 2008). Tampoco recuerdan que, en 1911, el gobierno japonés – inspirándose en las leyes estadounidenses de fomento de la industria

de 1789 – prohibió la navegación costera a los países extranjeros y que, este hecho permitió que los Mitsubishi fundaran entonces, en combinación con los Mitsui y los Ocurra, la Osaka Shosen Kaisha y luego la Kogusai Kisen Kaisha, que le permitieron a Japón no sólo realizar la navegación de su litoral sino crear líneas de navegación hacia África, Australia, Estados Unidos, Europa y Suramérica (GULLO, 2008). Importa destacar que cincuenta años después de que el gobierno Meiji decidiera crear, mediante el impulso estatal, la industria naviera, la marina mercante japonesa disponía de 4.000.000 de toneladas. Su capacidad se había centuplicado (GULLO, 2008).

La historia oficial de la globalización tampoco reporta el hecho de que después de la Segunda Guerra Mundial el Ministerio de Comercio Internacional y de la Industria (MITI) volvió a reeditar la esencia de la política económica de la Revolución Meiji (MORISHIMA, 1977) (BIEDA, 1970). La historia oficial no da cuenta de que, entre las leyes más importantes fomentadas por el MITI figuran la Ley sobre el Control de Cambio y el Control del Comercio Exterior – del 1 de diciembre de 1949 – que le otorgaba al MITI el derecho de controlar las importaciones, así como la Ley sobre Inversiones Extranjeras – del 10 de mayo de 1950 – que lo facultaba para el control virtual sobre todos los capitales, de corto o largo plazo, que llegaran al Japón (BROCHIER, 1970) (ZAITSEV, 1978) (SATO, 1978).

Es también esa falsificación de la historia que, en versión estándar, se enseña en la mayoría de las Universidades del mundo, la que esconde que, durante 30 años, el estado japonés protegió y subsidió, de forma directa o indirecta, a sus principales fábricas de automóviles y que rescató – con dinero público – reiteradamente a la empresa Toyota de la quiebra. A modo de conclusión es posible afirmar que el “milagro japonés” fue posible a través del impulso estatal y el establecimiento de una economía de mercado planificada (BIEDA, 1970: 52). El milagro japonés fue lisa y llanamente el producto de una insubordinación fundante.

5. La propaganda ideológica como factor de inhibición del desarrollo.

Si observamos la verdadera historia de los países que hoy conforman el centro del poder mundial (en este trabajo hemos tomado como casos testigos el de los Estados Unidos, Alemania y Japón) se descubre entonces que, generalmente, llegaron a convertirse en países desarrollados través de la realización de una Insubordinación Fundante que consistió siempre en el rechazo del libre comercio – como ideología de dominación – y en la aplicación de un adecuado impulso estatal en sus diferentes formas: los subsidios estatales – cubiertos o encubiertos – para las actividades científico tecnológicas, las inversiones públicas, la protección del mercado interno, por citar algunos de los más relevantes.

Hoy, esos mismos países, ocultan la importancia que, en la construcción de sus respectivos poderes nacionales, tuvo el impulso estatal al mismo tiempo que critican, ridiculizan, y hostigan, a cualquier estado de la periferia que quiera seguir los pasos que ellos mismos siguieron en su momento, para alcanzar el desarrollo y su actual situación de poder. Los países poderosos procuran – a través de la propaganda ideológica engendrada en algunas de sus Universidades y difundida a nivel planetario por los medios de comunicación que controlan – “patear” la escalera que ellos utilizaron primero para alcanzar sus respectivas autonomías nacionales y luego, para subir a la cúspide del poder mundial (CHANG, 2004). No es, sin embargo, que propongamos una “copia” lisa y llana de los procesos de desarrollo de Estados Unidos, Alemania o Japón, sino un conocimiento de la realidad conceptual que imbuyó, por igual, a todos los procesos de desarrollo exitoso y eludir los errores, también conceptuales, de aquellos pueblos que fracasaron en sus intentos. Se trata de adaptar lo conceptual real a cada tiempo y espacio histórico, sin por ello abandonar las esencias, y en la medida que se vayan aplicando, eludir – también con la experiencia – los errores ajenos o mejor y más simple y claramente dicho (valerse de), la experiencia ajena, porque la experiencia propia llega tarde y cuesta cara. 6

Conclusión y prospectiva.

El análisis histórico no deja lugar a dudas que la superación del subdesarrollo relativo de los Estados Unidos, Alemania y Japón estuvo íntimamente ligado al desarrollo de un proceso de Insubordinación fundante. El análisis histórico efectuado demuestra que, el origen del desarrollo de las grandes potencias analizadas y tomadas como casos testigos, se debió siempre y, en todos los casos analizados, a la realización de un proceso de Insubordinación Fundante. En realidad resulta del estudio histórico – cuando se analiza la historia sin prejuicios ideológicos – que todos los procesos de emancipación y desarrollo exitosos fueron el resultado de una Insubordinación Fundante. Si bien en este artículo hemos tomado como casos testigos a los Estados Unidos, Alemania y Japón en otros trabajos hemos analizado, entre otros, los casos de Francia, Italia, Canadá, Corea del Sur y China llegando a idénticas conclusiones (GULLO, 2008, 2012).

Aunque excede los límites de este trabajo resulta ineludible finalizar el mismo sin referirnos someramente a la posibilidad de realizar en la América del Sur, en pleno siglo XXI, un proceso de insubordinación Fundante. Hoy los desafíos para la realización de una Insubordinación Fundante, en cualquier país de la América del Sur, provienen del Lejano Oriente. China se ha transformado en la “gran fábrica del mundo” y en una “gigantesca aspiradora de materias primas”, provocando, en consecuencia, una elevación sustancial de los precios internacionales de las mismas. Sin embargo, este hecho positivo podría influir, paradójicamente, de un modo altamente negativo en las posibilidades de alcanzar el desarrollo y la justicia social en la región sudamericana. Es que, alentados por los crecientes valores de sus productos extractivos, la tentación por volver a los esquemas pre-industriales – especialmente en Argentina, y, en aunque en menor medida, también en Brasil – podría volverse cada vez más intensa (GULLO, 2008). Asimismo, alentará y lo que es peor, “justificará” la posición de aquellas elites locales liberales que consideran “innecesario” y hasta “forzado” el esquema de un desarrollo industrial que es el único que, históricamente ha permitido alcanzar el desarrollo y superar estructuralmente la pobreza en todas partes del mundo.

Muy por el contrario, si los países de la América del Sur lograran construir un consenso básico mínimo estarían en condiciones de negociar con el resto de las potencias sedientas de materias primas – principalmente China – la posibilidad de que éstas acepten que Sudamérica lleve adelante un proceso de Insubordinación Fundante que, en las actuales circunstancias, consistiría en la puesta en marcha de una política pro-industrial activa que deberá ser extremadamente selectiva para que pueda ser admitida. Entonces, a través de un “proteccionismo selectivo”, los países de la América del Sur, podrían abrir, moderadamente, sus economías a la producción industrial del resto del planeta. No se trataría de llevar la idea de autarquía a nivel sudamericano, sino de determinar los sectores productivos a salvaguardar o crear, orientando la inversión extranjera a esos sectores para mantener una estructura industrial acorde con la sustentación de la población de los países sudamericanos, evitando de esa forma la posibilidad de un desempleo masivo que llevaría inexorablemente, sobre todo en el caso argentino y brasileño, a una crisis social incompatible con la preservación de sus regímenes democráticos y sus respectivas unidades territoriales y nacionales. Conviene recordar que sólo el conocimiento de la historia, nos permite comprender el presente y cambiar el futuro.


Notas.

1 Uno de los más claros ejemplos de proteccionismo económico y del intervencionismo estatal, es sin duda alguna el Acta de Navegación de 1651. En agosto de 1651, el Parlamente inglés aprobó el Acta de Navegación en virtud del cual sólo se permitía importar en Inglaterra mercancías en barcos ingleses que se hallaran bajo el mando de ingleses y en los cuales además las tres cuartas partes de su tripulación fueran marineros ingleses. El Acta de Navegación también establecía que solo se podía importar en Inglaterra mercancías de los sitios de origen. A través del Acta de Navegación la industria naval inglesa recibió un Impulso Estatal enorme. Los comerciantes ingleses obligados a aprovisionarse por su propia cuenta dieron un empuje a la construcción naval tan importante que la marina inglesa se convirtió en poco tiempo en la primera del mundo (GULLO, 2012).

2 Isabel I promovió la economía nacional inglesa protegiendo a la naciente industria del reino. Hasta entonces Inglaterra vendía su abundante producción de lana principalmente a Holanda donde era luego procesada. Isabel mediante una hábil política de fomento consiguió atraer hacia Inglaterra a los técnicos tejedores holandeses expulsados por Felipe II de los Países Bajos. Técnicos que una vez instalados en Inglaterra, apoyados y protegidos por el estado, comenzaron a desarrollar la industria textil que llegó a ser una de las columnas principales de la economía inglesa. Isabel desarrolló el mercado interno para la naciente industria estableciendo salarios mínimos, dictando diversas leyes protectoras de los campesinos y proporcionando trabajo a los pobres. Durante los 45 años de reinado de Isabel, Inglaterra gozó de una extraordinaria prosperidad económica. Es posible afirmar que Inglaterra vivió una primera revolución industrial entre 1540 y 1640, “caracterizada por inversiones en industrias nuevas como la minería, la metalurgia, las cervecerías, la refinación de azúcar, la fabricación de jabón, alumbre, cristal y sal. El auge de la extracción del carbón se inicia en el reinado de Isabel y de allí a la revolución de 1688 su producción aumenta un 1500%; pasa de 170.000 a 2.500.00 toneladas. Nivel que Francia recién alcanza en 1834” (TRÍAS, 1976: 6).

3 Inglaterra reaccionó rápidamente contra la Unión aduanera alemana porque comprendió cabalmente que la integración económica podía devenir fácilmente en un medio para el logro de la integración política y que esta podía conducir, si Alemania, se industrializaba seriamente, a la aparición de una potencia política en el corazón de Europa y a la perdida de importantes mercados para sus manufacturas. La misión que gabinete ingles le encomendó al doctor Bowring – convencer a los alemanes que aceptaran un acuerdo parcial de libre comercio – no era solo un medio para garantizar el mercado alemán para los productos industriales ingleses, sino también un medio para vaciar de contenido, es decir, poder a un posible Estado alemán unificado (GULLO: 2008). 

4 Sin embargo, es preciso aclarar que el proceso de insubordinación fundante no fue un proceso lineal. El proceso de insubordinación fundante ( insubordinación ideológica contra el libre comercio, más integración económica más un adecuado impulso) de los Estados alemanes estuvo lleno de contradicciones, de marchas y contramarchas, porque las grandes fortunas de la aristocracia, deseaban que Prusia conservara su carácter agrario y, porque la dominación cultural, ejercida desde larga data por Gran Bretaña, había logrado que, gran parte de la sociedad alemana – principalmente la burocracia prusiana, la burguesía comercial e importantes sectores pensamiento universitario – adhiriera al librecambismo. Prueba de ello, por ejemplo, fueron los Congresos de economistas alemanes celebrados en Gotha, en 1858, y en Francfort, en 1859, que se manifestaron a favor del desmantelamiento de los mecanismos que protegían a la industria y que adhirieron, sin cortapisas, a la teoría del librecomercio (GULLO, 2008).


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El fin del mundo / Ricardo Beyer.

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